domingo, 16 de agosto de 2026

LA AEU Y LA MASACRE DE PANZÓS 1978, RECUERDOS Y REFLEXIONES (I)


Edgar Ruano Najarro | Política y sociedad / LA RAZÓN DE LA HISTORIA

Indiana Torres Escobar, estudiante de medicina, vivía en un pequeño apartamento del edificio El Cielito, en la zona 1 de la ciudad de Guatemala. Dado que era activista destacada del grupo estudiantil interfacultativo FRENTE, su domicilio se había convertido en un punto de reunión de compañeros y dirigentes de FRENTE y, desde poco antes, de muchos miembros del nuevo Secretariado de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU). No habían pasado ni treinta días de que FRENTE había ganado por tercera vez consecutiva las elecciones para el Secretariado de AEU y sus nuevos dirigentes habían tomado posesión apenas el 22 de mayo de ese año tan intenso que fue 1978[1]. El pleno del Secretariado estaba formado por dieciséis estudiantes que ocupaban las diversas secretarías de dicho organismo, al frente del cual estaba Oliverio Castañeda de León como secretario general. Por mi parte, era el nuevo secretario de divulgación adjunto.

Así pues, a la altura del 29 de mayo estábamos recibiendo documentos, resultados de actividades del grupo anterior y planificando nuestras actividades futuras, pero especialmente el fortalecimiento de la relación que la AEU tenía con el movimiento popular que estaba en auge en aquellos días. AEU era parte muy activa de dicho movimiento y, en buena medida, desde tiempo antes venía desempeñando con cierto éxito una lucha destinada a vincular a los estudiantes universitarios a un proceso general que tenía dos direcciones: 

a) Lograr el desarrollo del movimiento estudiantil mediante las luchas por la reforma universitaria que estaba en marcha de varias unidades académicas, por la democratización de la enseñanza superior, por la defensa de la autonomía universitaria y, en general, por hacer cumplir el papel de la Universidad de San Carlos como responsable moral y científico en el apoyo a la búsqueda de la solución de los problemas nacionales. 

b) Vincular al movimiento estudiantil con el movimiento popular, cuya vanguardia estaba en esos días en las filas del movimiento obrero y sindical, el cual tenía arrinconados en las plazas y las calles, en los burós de los patrones y las oficinas del ministerio de trabajo y juzgados laborales a todos aquellos sectores empresariales y gubernamentales que desde décadas atrás, o concretamente desde 1954, conspiraban siempre contra la clase trabajadora.[SA1.1]

Ese era el desafío que tenía ante sí el nuevo Secretariado de AEU a partir de aquel mayo de 1978, es decir, continuar en la línea del desarrollo de ambas direcciones de la lucha del movimiento estudiantil. Éramos asiduos a ese apartamento de El Cielito Oliverio, Marcel Arévalo, Thelma Cordón, Héctor Interiano, Oscar Peláez, Alfredo Baiza, Edgar Canahuí, Antonio Ciani, Rebeca Morales y otros compañeros que se me escapan de la memoria. Además de la propia Indiana y Oliverio, no recuerdo exactamente quiénes estábamos la noche del 29 de mayo. Nuestra conversación, muy animada por risas, bromas, así como por discusiones sobre la situación nacional, fue interrumpida de golpe por un mensaje radial de la oficina de Relaciones Públicas del Ejército Nacional que nos dejó helados por un instante. 

La comunicación de la institución militar, en su parte más importante, decía: 

El día hoy a las 9:30, un grupo numeroso de gente armada llegó sorpresivamente al destacamento militar del municipio de Panzós, departamento de Alta Verapaz, atacando a los centinelas, a quienes hirieron de gravedad, despojándolos de sus armas. Ante tal hecho, el resto del personal repelió el ataque para contener la violencia de los agresores, recuperando las armas que les habían sido quitadas a los centinelas. El resultado lamentable de este acontecimiento dejó como saldo trágico: 34 muertos y 17 heridos por parte de los agresores y 7 soldados del destacamento gravemente heridos[2].

¡A la gran…! ‒exclamó uno de los presentes‒ ¡Treinta y cuatro muertos¡ No puede ser. ¿Y ahora? Esperemos para mañana temprano a ver que dicen los radioperiódicos y la prensa en general. Asimismo, veamos si podemos averiguar algo por nuestra cuenta. En esos momentos terminó nuestra visita a Indiana; el ambiente se tornó pesado, tenso y nos fuimos a nuestras casas atravesando una ciudad vacía, en silencio. Así sucedía siempre que algo grave pasaba. Caminamos con Oliverio y otro compañero, pues nuestra a ruta era por el mismo rumbo. Los tres nos despedimos en una esquina, pero ya nos habíamos dado cuenta de que la AEU tenía ante sí un hecho, quizá el más grave de los que había enfrentado nuestra entidad en los últimos años y que, dada la influencia política que a esas alturas había conseguido, el reto que se le plantaba al nuevo Secretariado iba a poner en tensión todas nuestras fuerzas y capacidades, tanto políticas como organizativas.

Las líneas que siguen intentarán describir en forma testimonial la actuación de la AEU, y en general de los estudiantes universitarios, frente a los sucesos de Panzós de aquel 29 de mayo. El propósito consiste en aproximarme a develar el grado de desarrollo que había alcanzado el movimiento estudiantil guatemalteco en aquellos días y, en consecuencia, el lugar que le correspondió desempeñar en el conjunto del movimiento social que estaba en pleno auge a la altura de 1978. No se trata de ahondar en los sucesos de Panzós en sus causas más profundas, ni siquiera penetrar certeramente en los eventos que se desarrollaron ese fatídico día. Ello ha sido investigado en trabajos de mayor aliento que mencionaré al final de esta serie. Por supuesto, para estos escritos me he auxiliado de los recuerdos y memoria de algunos de aquellos compañeros que quedan de aquel tiempo; también he consultado documentos y diarios de la época.

La conmoción nacional que provocó la masacre fue enorme y la toma de posición frente a semejante suceso que adoptaron los distintos actores nacionales reveló quien era quien en el concierto nacional y por ello serán aludidos directamente. Tres fueron los sectores más importantes en este drama: el Gobierno de la República, presidido por el general Kjell Eugenio Laugerud, el Ejército de Guatemala con su Alto Mando al frente, sectores que no tenían una verdadera línea divisoria entre ellos. El tercer actor era el movimiento social y popular conformado por un vigoroso movimiento sindical que arrastraba a otros movimientos, entre ellos el estudiantil.

Yo trabajaba como redactor analista en Inforpress Centroamericana, pequeña revista de análisis especialmente económico y político, que brindaba información de calidad sobre cinco países centroamericanos, cuyo director y propietario era Mario Carpio Nicole. Conformábamos un equipo de unos siete redactores analistas y nuestra sede era un centro a donde fluía mucha información nacional. Por esto último, yo estaba seguro de que allí obtendría mucha información sobre los sucesos de Panzós para así trasladarla a la AEU. 

Sin embargo, nada. Los tres matutinos de la época le dieron titular de primera plana el martes 30, pero ninguno fue más allá de lo dicho por el Ejército. Así, Diario El Gráfico tituló «¡34 muertos y 24 heridos en ataque a guarnición!». El segundo, Prensa Libre: «Zafarrancho en Panzós; 38 muertos, 35 heridos», en tanto que La Nación publicó, «34 muertos en ataque armado a destacamento militar en Panzós». Por su parte, toda esa mañana, los radioperiódicos no cesaban de transmitir noticias sobre Panzós, pero comenzaban a deslizar con mucho cuidado versiones ligeramente contradictorias con la versión oficial. 

Violeta Alfaro, esposa de Mario Carpio y redactora de la sección de política de Inforpress, se acercó a mi escritorio y me preguntó: «¿Qué saben en la AEU de Panzós?». «Nada». El gobierno y el Ejército estaban cerrados. Cerca de la una de la tarde llegó Oliverio a buscarme y me dijo: «Me acaban de informar que en la FASGUA hay campesinos sobrevivientes de Panzós que van a dar declaraciones». Vamos para allá. El local de la Federación Autónoma Sindical de Guatemala (FASGUA) estaba a pocas cuadras. Llegamos en pocos minutos. La conferencia de prensa de los cinco jóvenes quekchíes estaba empezando en un pequeño cuartito de madera ubicado a pocos metros de la entrada del local. Las luces de los reflectores de las cámaras de TV y de las cámaras fotográficas ya los iluminaban y así comenzaron su relato.


De forma muy resumida, lo que dijeron a la prensa los sobrevivientes era que en la región de Panzós existía una gran presión por parte de finqueros y terratenientes para adjudicarse las tierras de los pequeños campesinos quienes aún no lograban que les titularan las tierras. Por esa razón, el alcalde del municipio de Panzós envió una nota a la Federación Autónoma Sindical Guatemalteca (FASGUA), denunciando los atropellos de que eran víctimas las familias campesinas y solicitando su intervención para resolver justamente los problemas de las tierras. El alcalde solicitó de FASGUA que una delegación suya visitara el municipio con el fin de dialogar sobre todos esos problemas y encontrarles la mejor solución. Inmediatamente, FASGUA envió una nota de respuesta al acalde aludido en la que le indicaba que una delegación de FASGUA visitaría Panzós el día 7 de junio próximo. La misiva fue enviada con un campesino de la región.

Paralelamente, los finqueros de la zona iniciaron una campaña de intimidación a los campesinos, destacándose en ella el terrateniente Flavio Monzón, quien decía ser dirigente del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) y contar con gran influencia en el gobierno central y el Ejército nacional. Dicho sujeto logró que una compañía de ciento cincuenta hombres de la base militar de Zacapa se trasladara a Panzós bajo el pretexto de que los campesinos estaban instigados por elementos subversivos y que realizarían una «invasión de tierras». Entre los campesinos se corrió la voz de que el alcalde tenía en su poder una carta o documento relacionado con el litigio y por ello, desde las primeras horas del día lunes 29 comenzaron a salir de sus parcelas docenas de familias campesinas para dirigirse a la Alcaldía Municipal en donde leería. 

A las diez de la mañana llegaron a la sede municipal unas setecientas personas, hombres y mujeres, ancianos, ancianas y niños. El alcalde no apareció y en su lugar aparecieron los finqueros Flavio Monzón, propietario de la finca San Vicente y Tinajas; Enrique Chiquín, de la finca Cahaboncito; Edwin Bies, de la finca Polochic; Manuel Moco Sánchez, de la finca Sachoc; Joaquín González, de la finca La Soledad; Boanerges Belteton, Javier Baldío y Raúl Aníbal Añal, quienes estaban acompañados del destacamento militar ya mencionado. 

Los terratenientes insultaron a los campesinos y los amenazaron de muerte e incluso, Monzón les advirtió que tenían autorización del «presidente y del ministro de Gobernación de matarlos». Los parcelarios se negaron a retirarse e insistieron en entregar una carta de FASGUA al alcalde municipal. En ese momento, un soldado disparó a quemarropa a un campesino que se dirigía a la Municipalidad. El resto de campesinos, sumamente indignados trataron de defender y auxiliar a su compañero. Fue entonces cuando el resto de la tropa abrió fuego sobre la multitud. Decenas de hombres, mujeres y niños cayeron acribillados. Los campesinos, junto con sus mujeres huyeron por los montes y se escondieron por donde pudieron. Cinco mujeres con sus hijos en brazos se lanzaron presas de pánico a las aguas del río Polochic y perecieron ahogadas, igual suerte corrieron varios heridos que se arrojaron al río. Los heridos más graves quedaron tendidos en el pueblo y fueron llevados al centro de salud local y otros a Zacapa probablemente. 

Decenas más de heridos se están muriendo en sus ranchos y en los montes de donde no quieren salir por miedo a que los maten. Helicópteros rastrean constantemente la zona y está prohibido el acceso a la región en donde ya hay un verdadero cerco militar. Los testigos, que inmediatamente se dirigieron a la capital a hacer la denuncia a FASGUA, manifiestan que cuando ellos se encontraban en el pueblo vieron a más de cien personas muertas y estiman que los muertos se elevarán a varias decenas más como consecuencia de la inadecuada asistencia médica.

Oliverio y yo escuchamos atentamente la versión de los campesinos al tiempo que yo anotaba todo lo que podía en un cuadernito. Las declaraciones a la prensa tardaron unos cuarenta y cinco minutos al final de los cuales ingresaron unos miembros de FASGUA y prácticamente se llevaron a los campesinos aparentemente para protegerlos.

Luego, nos dimos cuenta de que, al fondo del local, en una especie de proscenio o escenario, se estaba desarrollando una reunión alrededor de una larga mesa con unas veinte personas. «Es el Comité Dirección del CNUS», nos dijo alguien y nos miramos a los ojos con Oliverio. Perfecto. Nos acercamos a esa mesa y Oliverio pidió la palabra en nombre de AEU. Resumió lo dicho por los sobrevivientes y pidió que el Comité Nacional de Unidad Sindical (CNUS) tomara de inmediato algunas acciones, como la convocatoria a una manifestación de protesta, por ejemplo. 

El asesor laboral de la Central Nacional de Trabajadores (CNT), Danilo Rodríguez, quien aparentemente dirigía la reunión, nos dijo que allí se estaba discutiendo la organización de una gran manifestación, pero para el 8 de junio, en homenaje al abogado laboralista, Mario López Larrave, asesinado precisamente el 8 de junio del año anterior y que no iban a distraer esa preparación por otra manifestación. Además, añadió con expresión de fastidio, no hay pruebas de que lo dicho por esos campesinos sea la verdad.

Nos retiramos apresuradamente. Ya teníamos idea de lo que había pasado en Panzós y la AEU tenía que hacer algo rápidamente, dado que la región de Panzós, y en general el área quekchí y sus ligas campesinas y sindicatos de fincas, pertenecían organizativamente a la FASGUA, central sindical con la cual AEU mantenía una plena identificación ideológica. En este último punto es conveniente hacer una precisión, aunque nos distraiga un poco, porque la cuestión ideológica era sumamente importante en el interior del movimiento popular de esos días.

A la altura de 1978, el movimiento social en su conjunto se presentaba como un frente popular en el cual los trabajadores sindicalizados tenían la hegemonía. Eso era muy importante porque por primera vez desde 1954, los trabajadores estaban en la calle luchando denodadamente por aumentos de salarios e inscripciones de sindicatos, así como por muchas otras demandas. Además de las centrales y federaciones sindicales más importantes, las cuales integraban el Comité Nacional de Unidad Sindical (CNUS)[3], participaban en el movimiento popular la AEU, el Movimiento Nacional de Pobladores (MONAP), el Consejo de Entidades de Trabajadores del Estado (CETE), la Coordinadora de Estudiantes de Educación Media (CEEM) y el Comité de Unidad Campesina (CUC). Todas estas organizaciones participaban también dentro del CNUS, pero solamente con voz, sin voto, ya que solo los sindicatos tenían derecho a voto. Así lo había dispuesto el Comité de Dirección del CNUS, que además se arrogaba la representación del movimiento popular en su conjunto y, en consecuencia, daba la pauta y las orientaciones generales a todo el movimiento. 

A lo externo, frente al Estado y a la patronal, este movimiento popular se presentaba como un interlocutor poderoso, y lo era, pero en el interior estaba atravesado por los distintos enfoques e ideologías del movimiento revolucionario que campeaban en ese momento en Guatemala. Al menos dos de estas corrientes ideológicas parecían tener mayor fuerza en el movimiento popular, los puntos de vista ideológicos de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) y la visión ideológica del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT). Con menos fuerza seguía el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y, con mucho menos, la Organización del Pueblo en Armas (ORPA).

Todo esto no significaba que los miembros de los comités ejecutivos de los sindicatos o los directivos de las asociaciones estudiantiles fueran militantes de tal o cual organización revolucionaria clandestina. De ninguna manera. El hecho de que una organización social, de actuación legal, se inclinara, tuviera simpatía o que definitivamente siguiera las orientaciones de una organización revolucionaria clandestina, tenía raíces multicausales, las cuales tenían que ver con tradiciones históricas, con la visión y los objetivos políticos de la organización revolucionaria, con la calidad de sus líderes o militantes más visibles, etcétera.

Por ejemplo, en la región quekchí y en la costa sur, en Escuintla más concretamente, el PGT tenía mucha ascendencia porque en la memoria del campesinado estaba el recuerdo de la Reforma Agraria de Árbenz que tanto los benefició, proceso en el cual el PGT estuvo muy involucrado. Igualmente, la FASGUA tuvo un papel muy destacado en la recuperación del movimiento sindical después de la catástrofe de 1954, y en esa organización había muchos líderes sindicales de abierta simpatía o militancia en el PGT que provenían de los años de la revolución.

Algo similar sucedía en la Universidad de San Carlos. La Juventud Patriótica del Trabajo (JPT), que era la organización juvenil del PGT, había sido clave en el resurgimiento del movimiento estudiantil universitario después de 1954, especialmente a raíz de la matanza de estudiantes en junio de 1956 en la esquina de la once calle y sexta avenida. Pero, el factor decisivo en todo esto había sido la crisis de marzo y abril de 1962, cuando una rebelión popular, liderada por la AEU y los estudiantes de secundaria, se había enfrentado al gobierno del general Miguel Ydígoras Fuentes.

En el caso de las FAR, después de algunos fracasos en el movimiento guerrillero, desde principios de la década de los setenta tomaron la decisión estratégica de desarrollar su trabajo político y organizativo en el terreno de la lucha de masas y en esa línea lograron una especie de alianza con un sector sindical disidente de la corriente política demócrata cristiana. Me refiero a un sector de la dirigencia de la Central Nacional de Trabajadores (CNT), que había roto con el partido Democracia Cristina Guatemalteca (DCG) y que prácticamente había expulsado a su dirigente histórico, Julio Celso de León.

En este sector disidente había un importante grupo de jóvenes abogados de antigua filiación demócrata cristiana que llegarían a convertirse en asesores laborales de la CNT e incluso algunos de sus principales ideólogos. El movimiento de la CNT a la izquierda no se dirigió a establecer alguna relación con el PGT y creo que en buena medida eso se debió al antiguo prejuicio anticomunista y odio que el Vaticano le tenía al comunismo, resabios ideológicos que aún corrían por las venas de los demócratas cristianos guatemaltecos, aunque se hubieran pasado a las filas de la izquierda. Por eso, creo, buscaron a las FAR, lo cual, por supuesto, fue tan válido y honroso como cualquier otra acción política destinada a los mismos fines.

La CNT albergaba en su seno a la mayor cantidad de sindicatos de empresas que cualquiera de las otras federaciones sindicales. En ese trabajo, sus dirigentes habían sido muy eficaces en el contacto y asesoría a los trabajadores de empresas que mantenían conflictos laborales con sus patrones. Creo que, en buena parte, eso se debió también a que por varios años habían actuado con cierto margen de una libertad de acción de la que no gozaba la FASGUA, por ejemplo, ya que el Estado y el sector patronal no la encasillaban en el sindicalismo «comunista». Desde luego, a la altura de 1978 esa percepción había llegado a su fin, porque la CNT, ya de izquierda, se había convertido en un poderoso enemigo de la patronal y, por ende, de su tradicional protector, el Estado guatemalteco.

Habida cuenta de que el PGT y las FAR mantenían una larga polémica ideológica, que había alcanzado niveles virulentos, lógicamente esta disputa se reflejaba en el movimiento popular. En términos concretos, ello significaba que la CNT, hegemónica en el CNUS, cuando le era posible, contrariaba toda iniciativa proveniente de alguna organización que consideraba proclive al PGT y la catalogaba como parte de la «camarilla oportunista», tal como las FAR llamaban despectivamente al PGT. 

El EGP y ORPA, mientras tanto, tenían puestos sus mayores esfuerzos y visiones en la construcción de una fuerza político-militar que pudiera enfrentarse y vencer militarmente a las fuerzas armadas del Estado. Era un esfuerzo gigantesco que requería de todas sus energías, razón por la cual el trabajo en los sindicatos y los estudiantes no les distraía mayor cosa. No obstante, el EGP lo comprendió algún tiempo después y creó internamente una Comisión de Trabajo de Masas que se encargó de animar la creación y desarrollo de organizaciones sindicales, estudiantiles, campesinas y de pobladores afines, aunque, desde luego, como apoyo a la lucha guerrillera. ORPA, aparentemente, se interesó poco en este sentido. 

De esta forma se podría trazar el perfil ideológico del resto de las organizaciones de masas en la coyuntura de 1978, pero creo que con esta larga digresión basta para brindar un contexto ideológico de lo que ocurría a lo interno del movimiento social.

Es conveniente, ahora, volver a las primeras horas de la tarde del 30 de mayo, cuando Oliverio y yo salimos del local de la FASGUA. Por todo lo anterior, no nos extrañó mucho la respuesta de la dirigencia del CNUS. Esta consideraba a la AEU, y a la misma FASGUA, como organizaciones proclives al PGT, miembros de la «camarilla oportunista», y de ahí partía, creo yo, su contrariedad a nuestras peticiones en la reunión del comité de dirección del CNUS. La excusa de no distraer la organización de la marcha del 8 de junio con otra por lo de Panzós nos pareció razonable, completamente válida desde el punto de vista organizativo. Sin embargo, hubiéramos esperado que por lo menos interrumpieran su reunión por algunos minutos para escuchar a los campesinos sobrevivientes y tomaran algunas acciones iniciales. No lo hicieron.

Ya en el centro de la ciudad, Oliverio y yo estábamos convencidos de que era necesario convocar a una marcha de protesta por la masacre de Panzós, ya que era una forma de visibilizar ante la sociedad tan abominable crimen de Estado. Al despedirnos, Oliverio me dijo: «Encargate vos de redactar un manifiesto de la AEU por lo de Panzós, yo me voy a la U a convocar al Secretariado para discutir las medidas que vamos a tomar. Nos vemos más tarde». Oliverio tomó el bus de la ruta ocho negro con destino a CU y yo me fui a Inforpress a sentarme frente a mi máquina de escribir. 

Continuará.

https://www.gazeta.gt/94161/?fbclid=IwY2xjawTvLOlwZG9mAWV4dG4DYWVtAjEwAGJyaWQRMXRqWWJUVHd4bW5CUW9FSHZzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEeohyeMqly_IWNDIQ3trratE5vLQ_M01RA8qp_xcYWYW8VyNKP2-PnUq5SkwY_aem_gQ6wSAZOoBI3lRw91cB7Xg

Fotografías proporcionadas por Edgar Ruano Najarro.

[1] El grupo FRENTE, cuyo nombre oficial era Alianza Estudiantil Democrática FRENTE, fue constituido en 1975 con grupos estudiantiles de diversas facultades y escuelas de la USAC. En ese año participó en las elecciones para el Secretariado de AEU con Edgar Jiménez, estudiante de Ciencias Económicas, como candidato a secretario general, pero fue derrotado por el grupo PODER, encabezado por Luis Vallejo como secretario general. Al año siguiente, la alianza FRENTE postuló una planilla con Carlos Jiménez Licona al frente y ganó las elecciones. Posteriormente, la alianza FRENTE volvió a triunfar en las elecciones para el Secretariado con el estudiante de medicina Luis Felipe Irías como secretario general. Finalmente, en mayo de 1978, nuevamente FRENTE triunfó en las elecciones con una planilla liderada por Oliverio Castañeda de León.

[2]«Panzós: 34 muertos en balacera», Guatemala, La Nación, 30 de mayo de 1978, p. 10. Fragmento del comunicado de Relaciones Públicas del Ejército de Guatemala que fue publicado al día siguiente de la masacre por varios medios de comunicación nacionales, en particular, por varias radioemisoras. Fue respetada la puntuación ortográfica.
[3] El Comité Nacional de Unidad Sindical (CNUS) fue fundado en mayo de 1976, básicamente por las federaciones sindicales siguientes: Federación de Trabajadores Unidos de la Industria Azucarera (FETULIA), la Federación de Central de Trabajadores de Guatemala (FECETRAG), la Federación Autónoma Sindical de Guatemala (FASGUA), la Federación Sindical de Empleados Bancarios (FESEB), la Central Nacional de Trabajadores (CNT), el Sindicato Central de Trabajadores Municipales (SCTM) y el Comité de Solidaridad con los Trabajadores de Coca Cola ‒con el fin de coordinar acciones de solidaridad y apoyo a los trabajadores de Coca Cola que por esos días libraban un fuerte conflicto laboral contra la empresa‒. El CNUS paulatinamente se fue convirtiendo en un organismo de coordinación de todas las actividades sindicales hasta convertirse, a la altura de 1978, prácticamente en una central sindical unitaria. Véase Albizúres, Miguel Ángel, «Luchas y experiencias del movimiento sindical, período 1976-junio 1978». En Revista de Extensión Cultural Centroamericana “José Simeón Cañas”. Año XXXIII, junio-julio 1978, San Salvador. También se fueron agregando otros sindicatos independientes y otras federaciones más como la Federación de Trabajadores de Guatemala (FTG), el Frente Organizado de Sindicatos de Amatitlán (FOSA) y la Frente de Trabajadores de Sur Occidente (FRETRASO). Guatemala (FTG), el Frente Organizado de Sindicatos de Amatitlán (FOSA) y la Frente de Trabajadores de Sur Occidente (FRETRASO).


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