Por Juan José Hurtado Paz y Paz
El 22 de mayo de 1920, durante los últimos meses de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, se fundó la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), a la que después se le agregó el nombre de Oliverio Castañeda de León, su secretario general asesinado el 20 de octubre de 1980. Por tal motivo, cada 22 de mayo, Guatemala conmemora el Día del Estudiante Universitario, una fecha profundamente ligada a la historia de lucha, dignidad y compromiso social de la juventud sancarlista.
No se trata únicamente de una celebración académica. Es el reconocimiento de generaciones de estudiantes que entendieron la universidad pública como un espacio para cuestionar las injusticias, pensar el país y acompañar las aspiraciones democráticas y populares de los Pueblos de Guatemala.
A lo largo de la historia, las y los estudiantes universitarios han sido iniciadores de jornadas de lucha y han sido de las voces más activas frente al autoritarismo, la exclusión, distintas formas de opresión, la explotación y la corrupción que han marcado la vida nacional. Desde las luchas contra las dictaduras de Manuel Estrada Cabrera, Jorge Ubico y Federico Ponce Vaides, pasando por su participación protagónica en la Revolución democrática de 1944 y en las transformaciones impulsadas entre 1944 y 1954, el movimiento estudiantil universitario desempeñó un papel fundamental en la construcción de pensamiento crítico y organización social.
Es imposible recordar a todas las personas que han hecho importantes contribuciones a la USAC, pero mencionaremos al menos un nombre de las épocas anteriores: Carlos Martínez Durán. Fue el primer rector electo democráticamente en la etapa autónoma de la USAC y ejerció dos rectorados: 1945-1950 y 1958-1962, una de las figuras más importantes en la modernización de la Universidad.
Tras la contrarrevolución de 1954, nuevas generaciones estudiantiles continuaron resistiendo la restauración autoritaria y la creciente represión. Las manifestaciones de junio de 1956 en rechazo a la contrarrevolución, así como las Jornadas de Marzo y Abril de 1962, mostraron nuevamente la capacidad de la juventud universitaria para colocarse del lado de las demandas democráticas y populares del país.
Una figura emblemática de la época es Rogelia Cruz Martínez, estudiante de Arquitectura de la USAC, Miss Guatemala 1959 y posteriormente militante revolucionaria. Como muchas y muchos jóvenes de su tiempo, transitó de la indignación frente a las injusticias del país hacia el compromiso político y la lucha armada. Encarna a una generación que estuvo dispuesta a dar su vida por sus ideales.
La Universidad de San Carlos de Guatemala de los años 60 e inicios de los 80 del siglo XX fue uno de los principales espacios donde distintas generaciones intentaron pensar y construir una Guatemala diferente. En distintos espacios se discutía sobre la dependencia económica, el racismo estructural, la situación del campesinado, la represión política y las profundas desigualdades que atravesaban Guatemala. La Universidad se convirtió en un lugar de pensamiento crítico, debate intenso y compromiso social. Entre las figuras destacadas de este debate están intelectuales como Carlos Guzmán Böckler y Severo Martínez.
Con frecuencia, cuando se habla de aquella época, la atención se concentra únicamente en la represión. Sin embargo, hubo también procesos profundamente creativos y transformadores dentro de la universidad. Se estaba discutiendo para qué y para quién debía existir la universidad pública y cuál era su responsabilidad frente a un país marcado por el racismo, la pobreza y la exclusión.
Ser estudiante tenía un halo de prestigio. Era común escuchar la expresión para referirse a los estudiantes como “los muchachos” que acuerpaban las luchas populares. Asimismo, en medio del silencio impuesto, se esperaba con interés la Huelga de Dolores y el “No nos tientes…”
En aquellos años, la universidad vivió una expansión académica y social sin precedentes. Nuevas escuelas y carreras comenzaron a surgir como respuesta a la necesidad de comprender mejor la realidad nacional y aportar a su transformación. Así nacieron espacios académicos como las Escuelas de Psicología, Ciencias de la Comunicación, Historia y Ciencias Políticas de la USAC, impulsadas por estudiantes y docentes que entendían que el conocimiento debía tomar en cuenta la realidad y los procesos del país. También muchas facultades comenzaron a transformarse desde dentro.
En la Facultad de Arquitectura de la USAC empezó a abrirse paso una visión distinta de la profesión. La arquitectura dejó de pensarse únicamente desde el diseño de edificios para sectores privilegiados y comenzó a mirar los problemas de vivienda popular y urbanización al servicio de las mayorías y no de manera desordenada y excluyente, como ha ocurrido históricamente. Estudiantes y docentes impulsaron debates sobre planificación urbana, espacios comunitarios y responsabilidad social de la profesión. El contacto con barrios populares y comunidades empobrecidas modificó profundamente la formación académica. Recordamos a Lacho Flores.
Algo similar ocurrió en la Facultad de Ciencias Médicas de la USAC. Allí tomó fuerza una concepción de la medicina vinculada a la realidad social del país. Se fortaleció la medicina preventiva y comunitaria, cuestionando modelos centrados exclusivamente en hospitales y atención curativa. El Ejercicio Profesional Supervisado acercó a cientos de estudiantes a comunidades rurales e indígenas donde pudieron comprender que muchas enfermedades no podían separarse de la pobreza, la desnutrición y el abandono histórico del Estado.
Miles de estudiantes dejaron de verse únicamente como futuros profesionales individuales y comenzaron a entenderse como parte de una generación responsable de aportar al cambio nacional. El movimiento estudiantil, las asociaciones académicas, los grupos culturales y las organizaciones políticas universitarias fueron expresión de esa búsqueda colectiva. En ese contexto surgieron dirigentes estudiantiles profundamente recordados, como Oliverio Castañeda de León y Robin García.
Por supuesto, no todo era homogéneo. Existían diferencias ideológicas, tensiones y debates fuertes. Pero había un horizonte común: la idea de que la universidad pública debía estar al servicio del pueblo. Precisamente por eso la USAC fue vista como una amenaza por los sectores más conservadores y represivos del país, como “nido de guerrilleros”. De esa cuenta, la represión contrainsurgente también golpeó duramente a la Universidad. No se trató únicamente de ataques contra dirigentes estudiantiles o docentes críticos. Lo que se buscaba era frenar un proyecto universitario que promovía pensamiento libre, conciencia social y participación democrática. Por eso fueron perseguidos estudiantes, catedráticos, investigadores, profesionales y autoridades comprometidas con los cambios sociales.
El asesinato y desaparición de catedráticos, dirigentes estudiantiles e investigadores, así como el exilio forzado de cientos de universitarias y universitarios, tuvo consecuencias profundas para la USAC. Dejó a la Universidad en manos de los sectores más conservadores y mediocres.
A pesar del dolor y las pérdidas, aquella experiencia dejó una huella profunda en la historia universitaria guatemalteca. Muchas de las ideas sobre extensión universitaria, compromiso social, trabajo comunitario, salud pública, investigación crítica y autonomía universitaria nacieron o se fortalecieron en esos años.
Hoy, varias décadas después, la USAC atraviesa nuevamente una etapa difícil. La imposición de autoridades ilegítimas y el deterioro de la institucionalidad universitaria han provocado desencanto, indignación y resistencia dentro de amplios sectores sancarlistas. La crisis actual no es solamente por la Universidad, sino que es una disputa política más profunda por la capacidad que las universidades tienen para ser parte de decisiones trascendentales para el país.
Por eso resulta importante volver la mirada hacia aquellos años de transformación, no para idealizar el pasado ni para repetir mecánicamente sus formas organizativas, que además no es posible, sino para recuperar el espíritu que la animaba: que la universidad puede y debe contribuir a construir una sociedad más justa.
Lo inmediato es impedir que el fraude del usurpador se consolide. Pero la tarea de recuperar la USAC no consiste únicamente en sacar a quienes hoy usurpan la Rectoría. Implica también reconstruir una universidad crítica, democrática, autónoma y profundamente vinculada a los pueblos de Guatemala. Y mientras exista memoria, organización y compromiso con el país, esos caminos podrán volver a abrirse.
https://prensacomunitaria.org/2026/05/recuperar-la-universidad/





















