jueves, 2 de julio de 2026

UN DISPARO A LA DIGNIDAD.


Por: Sergio Vega

Un disparo a la dignidad.
No desde un barrio donde la violencia aprendió su nombre,
sino desde la única casa de estudios superiores del pueblo.
Qué largo es el eco
cuando la herida nace donde debía florecer la palabra.
El usurpador mancilló la dignidad sancarlista,
enfermo de poder,
creyendo que la fuerza puede ocupar aquello
que jamás podrá pertenecerle:
la conciencia de una universidad.
Y alrededor,
el silencio.
Un Ejecutivo refugiado en el cálculo, en las excusas y en los tuits.
Una Corte que guardó silencio cuando la dignidad reclamaba justicia.
Un Ministerio Público ciego para mirar,
sordo para escuchar,
mudo para nombrar la herida.
Y un Ministerio de Gobernación
que prefirió volver el rostro
mientras el pueblo universitario resistía.
Allá,
entre pipas de agua,
extintores,
bombas pirotécnicas
y balas,
unos pocos sancarlistas defendían algo más que un campus:
defendían la memoria de una universidad
que no nació para inclinar la cabeza.
Mientras Bernardo
entre mesas,
protocolos
y los salones de la Cámara de Comercio,
cumplía con sus patrones.
Dos escenas.
Un mismo país.

La Guatemala que moja sus zapatos en el agua de la represión.
Y la Guatemala que observa la realidad
desde la distancia cómoda de los actos oficiales.
Porque hay pueblos
que jamás cabrán en una estadística.
Quizá por eso
la dignidad duele tanto cuando es herida.
Porque la universidad no es únicamente un edificio.
Es la memoria de un pueblo
que insiste,
una y otra vez,
en recordar que ningún poder,
por grande que se crea,
es más grande que la conciencia de quienes se niegan a callar.
No hay poder más pequeño
que el que necesita la fuerza para imponerse.

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