Por: Juan José Hurtado
Recordamos hoy a dos "Chocos Matute": Mario René Matute García-Salas (padre) y Mario René Matute Iriarte (hijo). El primero, un comunista genuino de las filas del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), y el segundo, un estudiante revolucionario que fue parte del Frente Estudiantil Revolucionario Robin García (FERG) y militante del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). El padre partió de este plano el 19 de noviembre de 2017 a los 85 años de edad. Su hijo, a quien también llamaban cariñosamente "Tutuy", fue vilmente asesinado por las fuerzas represivas del Estado el 17 de julio de 1980, trascendiendo a otra dimensión con apenas 21 años.
A pesar del tiempo, la presencia de ambos sigue latiendo con fuerza entre nosotros. Hoy queremos hablar del Choco hijo:
A "Marcos" (su seudónimo en la clandestinidad) y a su inseparable amigo "Patricio" los conocí en 1975, cuando eran estudiantes de la gloriosa Escuela Normal Central para Varones (espacio que en el EGP denominábamos internamente como la "José Martí", quizás evocando la radio estudiantil que allí operaba).
Físicamente era alto, pelo quebrado, largo como era la moda y con deficiencia visual, que remediaba con el uso de lentes.
El Choco era un líder nato, carismático; poseía un carácter alegre, bromista, bullanguero y sumamente fraterno.
En 1977 se graduó de maestro de educación primaria en la Normal y, en 1978, ingresó a estudiar la carrera de Medicina en la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC). Por su liderazgo, fue candidato a presidente de la Asociación de Estudiantes de la Normal en 1976 por el Grupo Pueblo y luego, candidato a presidente de la Asociación de Estudiantes de Medicina (AEM) en 1980.
Era amante del deporte, en particular el baloncesto. Justamente, fue acribillado un 17 de julio cuando se aprestaba a salir de la casa de su abuela, donde vivía.
Era un joven inteligente que lograba amalgamar la exigencia de sus estudios con la participación política. Las profundas enseñanzas de su padre, sumadas al ejemplo de maestros y compañeros, forjaron en el Choco una conciencia revolucionaria desde muy temprana edad.
Una anécdota que cuentan es que, durante un entrenamiento guerrillero en las cercanías de la Ciudad de Guatemala, al Choco le tocó cubrir el turno de vigilancia (la posta). De pronto, entre la oscuridad de los árboles, comenzaron a asomarse unas luces flotantes. Fiel al protocolo, pidió la "seña", pero no hubo respuesta. Al insistir y no obtener la "contraseña", disparó. Era la primera vez en su vida que accionaba un arma, y el susto que se llevó fue tremendo al descubrir que aquellas misteriosas luces no eran el enemigo, sino la luz de la luna que se filtraba a través de las hojas de los árboles.
Era amante de la vida y también amante de las mujeres, con además buen gusto. Quizás hacía la misma broma que su papá quien decía: “Saber por qué Dios me habrá hecho tan lesbiano. ¡Cómo me gustan las mujeres!”
Tuvieron que pasar 25 años para que su hermana pudiera llorarlo en su propia tierra. Tras el brutal asesinato del Choco hijo, ella se vio obligada a tomar medidas urgentes de seguridad y partir al exilio. Fue hasta décadas después, durante un emotivo homenaje realizado en la Colonia 20 de Octubre de la zona 5 —justo frente a la casa de su abuela, en el mismo lugar donde el Choco fue ametrallado—, que su hermana pudo llorarlo, por fin, con absoluta libertad.
Han transcurrido ya cuarenta y seis años desde aquel 17 de julio. Y sin embargo el olvido no nos gana. La vida continúa abriéndose camino a través de quienes permanecemos. Nadie desaparece por completo mientras continúe dando vida en otros y les demos vida en nuestra memoria. El Choco permanece en los recuerdos, en los afectos, en los sueños que inspiró y en las luchas que siguen buscando la dignidad y la justicia para nuestros pueblos.

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