viernes, 17 de julio de 2026

El absurdo rechazo chapín hacia los mexicanos


Edgar Rosales | Política y sociedad / DEMOCRACIA VERTEBRAL

El domingo 5 de julio, por la noche, fuimos testigos de un acontecimiento nada novedoso: las manifestaciones de euforia por parte de algunos chapines, celebrando la derrota de la selección mexicana ante su similar del Reino Unido. Un hecho tan reiterativo como injusto. 

Y es que existe un corrosivo y ancestral fantasma en el imaginario colectivo guatemalteco que, lejos de desvanecerse con la modernidad, parece alimentarse del ruido de las redes sociales y de un nacionalismo mal entendido. Un absurdo caso de xenofobia inaceptable. 

Desde siempre he presenciado esa animadversión soterrada; fobia intermitente que brota con virulencia desproporcionada en las situaciones cotidianas y, más aún, en situaciones banales como un juego de fútbol. Lo preocupante de este fenómeno no es solo el rechazo irracional hacia un pueblo hermano, sino el profundo ejercicio de amnesia histórica que implica sostenerlo. 

En especial, las generaciones actuales de guatemaltecos, sometidas a la influencia de las élites, siguen fortaleciendo ese muro de prejuicios, ignorantes de las actitudes maravillosas con que México se ha manifestado hacia Guatemala, especialmente en momentos oscuros de nuestra historia republicana.

Para entender la injusticia de este menosprecio, es obligatorio mirar hacia atrás y rescatar del olvido la inmensa solidaridad mexicana durante la época contrarrevolucionaria de mediados del siglo pasado y, mucho más aún, durante el conflicto armado interno en Guatemala. 

Cuando la furia desbocada de las huestes liberacionistas se ensañó contra la dirigencia popular, México abrió sus puertas para que notables personajes perseguidos en Guatemala, pudiesen encontrar socorro y apoyo en aquellas tierras donde se respiraba ambiente democrático. Intelectuales, artistas y activistas fueron perseguidos políticos que encontraron en el viejo Distrito Federal, un ecosistema seguro para alzar la voz que aquí les fuera silenciada. 

Prohombres como Luis Cardoza y Aragón, Carlos Illescas, Mario Monteforte Toledo, Otto Raúl González, Augusto «Tito» Monterroso, Carlos Mérida y Edelberto Torres Rivas son apenas una pálida muestra de aquel valioso patrimonio intelectual que las fuerzas retrógradas de este país menospreciaron, en beneficio del generoso país que salvaguardó su integridad.

Y en las décadas de los setenta y ochenta, cuando el terror de Estado y la violencia en el área rural asoló comunidades enteras, decenas de miles de compatriotas cruzaron la frontera norte en busca de refugio. Y México no les dio la espalda. Al contrario, las regiones de Chiapas, Campeche y Quintana Roo se convirtieron en santuarios protectores de la vida. 

Fuimos testigos de cómo el Gobierno y el pueblo mexicano, con el apoyo de organismos internacionales, levantaron campamentos, compartieron el pan, ofrecieron tierras para trabajar y brindaron educación a los hijos de los exiliados. La generosidad mexicana salvaguardó el tejido social e intelectual de una Guatemala que se desangraba. Olvidar esa acción humanitaria es un acto de soberbia y una grave ingratitud histórica.

Paradójicamente, durante las actividades diplomáticas del Grupo Contadora, en la década de 1980, México mantuvo una postura sumamente crítica y firme ante la oligarquía y el estamento militar guatemalteco, señalándolos directamente como responsables de la profunda crisis social, la desigualdad estructural y la violencia sistemática en nuestro país.

Las razones detrás de esta furia que se desboca ante un encuentro futbolístico son asombrosamente baladíes. No se trata de una disputa territorial ni de un conflicto geopolítico real; el enojo colectivo radica en un absurdo complejo de inferioridad disfrazado de orgullo, alimentado por el temor irracional a que los mexicanos se sientan o se crean muy superiores al resto de los equipos de la Concacaf, hecho que, no obstante, es una realidad incontestable. 

Por el simple miedo a la arrogancia ajena, una parte considerable de la afición guatemalteca desata discursos de odio, insultos xenófobos y un desprecio que raya en lo patológico. Reducir la relación bilateral con el vecino del norte a un marcador de noventa minutos, utilizando el deporte como trinchera para canalizar complejos no resueltos, es una muestra inequívoca de inmadurez cultural.

Lo malo es que esa hostilidad no se limita a los estadios; se traslada con alarmante facilidad a la esfera del debate político y social. Un ejemplo contemporáneo de esta inútil animadversión es el desavenido menosprecio actual con el que los sectores de la derecha nacional descalifican a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. 

En lugar de analizar su gestión desde una perspectiva crítica, técnica o geopolítica constructiva, gran parte del debate digital en Guatemala contra ella, se tiñe de comentarios despectivos, burlas cargadas de un sesgo nacionalista ridículo y una resistencia automática, por el simple hecho de encabezar el Estado mexicano. Se rechaza su liderazgo y se minimiza su relevancia regional debido a ese mismo filtro distorsionado que ve en cualquier éxito, figura o institución de México, una amenaza directa al amor propio guatemalteco. Esa miopía política dificulta la consolidación de una agenda de desarrollo binacional madura, en temas urgentes como la migración, la seguridad y el comercio regional.

Lo verdaderamente trágico de este panorama es cómo ha lesionado el subconsciente de la juventud guatemalteca. Las nuevas generaciones han crecido expuestas a memes divisorios, comentarios xenófobos en plataformas digitales y narrativas de confrontación, desconociendo por completo las innumerables ocasiones en que México ha manifestado una solidaridad activa hacia Guatemala en situaciones de extrema emergencia. 

La historia está colmada de gestos humanitarios que muchos adultos no recuerdan y los jóvenes desconocen. Yo sí recuerdo que, tras el devastador terremoto de 1976, que dejó a Guatemala en ruinas y con miles de muertos, la respuesta de México fue inmediata y masiva. Los camiones mexicanos cruzaron la frontera cargados de ayuda, instalando de inmediato comedores y tiendas de comida de la Conasupo (Compañía Nacional de Subsistencias Populares) para abastecer a una población sumida en el desamparo y el hambre. En ese momento de dolor, la mano que alimentó a miles de familias guatemaltecas fue la mexicana.

Esa misma fraternidad se ha repetido cada vez que la naturaleza ensaña su fuerza contra nuestro territorio. Cuando ocurrió la tragedia de El Cambray II, aquel devastador derrumbe que sepultó por completo a una comunidad entera, México no dudó en enviar de inmediato a sus brigadas de rescate especializadas, conocidas internacionalmente como los «topos». Hombres y mujeres altamente capacitados que arriesgaron sus propias vidas, metiéndose entre toneladas de tierra y lodo, con el único objetivo de rescatar a personas soterradas y recuperar los cuerpos de las víctimas para dar consuelo a las familias guatemaltecas. Los rescatistas mexicanos que cavaron en el lodo de El Cambray no lo hicieron con arrogancia ni buscando superioridad; lo hicieron movidos por un profundo sentido de humanidad y amor al prójimo.

Mantener una actitud de fobia, recelo y burla hacia una nación que ha demostrado ser un aliado incondicional en las peores crisis es un sinsentido ético. La animadversión hacia el pueblo mexicano es tonta, inútil y perjudicial para nuestro propio crecimiento como sociedad. México es una potencia cultural, económica y científica de la cual Guatemala tiene muchísimo que aprender. Su gente nos ha brindado refugio en la guerra, alimento en los terremotos y brazos dispuestos al rescate en los deslaves. 

Es hora de empezar a sanar ese subconsciente colectivo dañado por complejos deportivos y prejuicios infundados. El pueblo vecino no merece nuestro encono ni nuestros recelos infantiles; merece, por estricta justicia histórica y calidad humana, nuestra más profunda admiración, nuestra gratitud eterna y nuestro más sincero respeto.



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