Edgar Rosales | Política y sociedad / DEMOCRACIA VERTEBRAL
El mundo se ha conmocionado en los días recientes, a causa de los movimientos estudiantiles que empezaron sacudiendo a la nación francesa, y que se han extendido a otros países europeos. Las violentas escenas protagonizadas por miles de estudiantes en rebelión pacífica, siendo reprimidos por la policía, nos hace recordar que acontecimientos de esta naturaleza no son nada nuevo y que no terminan cuando se extinguen las protestas sino, inevitablemente, desencadenan nuevos fenómenos sociales.
Para explicar este punto, es preciso rememorar que Guatemala fue pionera de este tipo de acciones juveniles, aunque la historia universal (e incluso la nacional) tiende a ignorar esta circunstancia específica. Me refiero a las Jornadas de Marzo y Abril de 1962, cuando los patojos tomaron las calles, casi lograron deponer al presidente Miguel Ydígoras Fuentes, pero al final ello contribuyó a un desenlace que pocos esperaban: el fortalecimiento de la lucha armada.
Luego vino aquel inolvidable París del 68, motivado al igual que ahora, por el autoritarismo y la crisis del sistema educativo, además de la oposición a la guerra (entonces, en Vietnam; ahora, en Gaza e Irán). Pero las secuelas marcaron a las generaciones sucesivas: se transformaron las estructuras políticas y culturales de Francia. Consignas como «La belleza está en la calle» o «Seamos realistas, pidamos lo imposible» tomaron auge universal e inspiraron otros movimientos en diversas latitudes.
Fotografía, artistas e intelectuales revolucionarios marchan junto a estudiantes en París, en mayo de 1968, tomada de Infobae.
Sin embargo, es preciso destacar una diferencia importante entre las jornadas chapinas y los disturbios de París: allá se registraron fuertes choques y arrestos masivos. Acá, el gobierno ydigorista reaccionó de una manera letal declarando estados de sitio, toques de queda y ordenando al Ejército y a la tristemente célebre Policía Judicial, disparar contra los manifestantes, así estuviesen desarmados.
Otra diferencia notable: las protestas europeas actuales buscan detener leyes fiscales específicas. En el 62, la consigna guatemalteca exigía la caída del gobernante («Ydígoras al paredón»). Empero, la brutal represión convenció a los líderes estudiantiles e intelectuales que los canales democráticos estaban cerrados y muchos de ellos acabaron por incorporarse al movimiento guerrillero.
En cuanto al panorama parisino, al igual que en 1968, cuando las protestas culminaron en una gran huelga general a la cual se adhirieron los trabajadores de la época, las protestas de hoy están coincidiendo con tensiones sindicales y huelgas, a causa de medidas de austeridad y la presión contra las políticas del gobierno del servil Emmanuel Macron, que tarde o temprano va a constituirse en un detonante altamente explosivo.
Importante de resaltar es el perfil de los manifestantes en el París del 68 y los movimientos actuales. En aquel entonces, el eje principal eran estudiantes universitarios, mientras el estallido actual tiene un porcentaje altísimo de menores de edad (se calcula que un 85 % de los detenidos no llegan a los 18 años de edad).
En el ámbito cultural, en 1968 fue notable la acción de los estudiantes de la Escuela de Bellas Artes de París y numerosos artistas –consagrados o no– al ocupar los talleres para crear espacios de producción colectiva y anónima, bajo la influencia de la Internacional Situacionista, de Guy Debord, cuyo pensamiento contracultural fue uno de los motores ideológicos de la revuelta. Las protestas actuales, con consignas como «¡Somos el futuro!» y el acompañamiento de figuras como la activista Greta Thunberg, envían un mensaje rotundo a los gobiernos: la sociedad actual no prioriza a la juventud ni les garantiza un horizonte económico seguro.
Fotografía, estudiantes franceses durante las protestas de octubre de 2026, tomada de Euro News.
Viendo en retrospectiva, se puede señalar que estos hechos de ninguna manera pueden calificarse como «objetivos fallidos», según la percepción predominantemente conservadora de hoy. Justo es identificarlas como catalizadores históricos, porque a pesar que no desembocaron en revoluciones, al menos lograron transformaciones radicales de las estructuras políticas, culturales y organizativas de los países involucrados.
Entonces, vistas las coincidencias y diferencias –y sobre todo, las consecuencias– de estos movimientos, es preciso preguntarse si acaso las autoridades francesas estarán dispuestas a escuchar a la juventud o si acaso, como es previsible, esperan a que el problema se resuelva «por sí solo». Por ello, no deberían echar en saco roto la consigna que apenas el martes pasado se escuchó en la Plaza de la Bastilla, luego de entonar La Marsellesa: «Luis XIV fue decapitado; lo mismo puede ocurrirle a Macron».
De manera que, esperamos, el estallido desemboque en las transformaciones que el mundo exige en estos momentos de enfrentamientos, de caprichos trumpianos, de inestabilidad en todo sentido, tal como ha ocurrido en otros momentos históricos. Los jóvenes han alzado su voz, pero es importante la adhesión de otros sectores, porque el fosforazo ya es incontenible.
¿Y en Guatemala? El incendio de París no debería pasar inadvertido para las élites, dizque políticas, tan solo porque se trata de acontecimientos muy lejanos de nuestro territorio. Ello nada tiene qué ver cuando se trata de demandas juveniles, sea en Guatemala, en México (Tlatelolco 68) o la Francia de ayer y hoy, tal como ha quedado asentado en la historia.
Si los partidos políticos chapines, los grupúsculos empresariales, los jueces venales y hasta las autoridades académicas se aferran a sus torpes posiciones y, lejos de recapacitar, se siguen confabulando para consumar el control del Estado desde el Pacto de Corruptos, también debe existir alguna respuesta en el viento: esta, según veo, descansa en la juventud. ¡Será cuestión de tiempo para verlos tomar las calles, como en aquel lejano 62!


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