Edgar Rosales | Política y sociedad / DEMOCRACIA VERTEBRAL
El pasado domingo, 25 de octubre, no solo los 127 millones de electores brasileños estaban con el alma en vilo. También lo estaba el resto del mundo, especialmente el ecosistema político latinoamericano, a sabiendas de que no solo se estaba jugando el futuro de la nación sudamericana, sino también el del resto del continente.
Después de perder en la primera elección, resulta impresionante la masiva reacción del electorado brasilero, unificado como nunca en torno al presidente Luiz Inácio Lula da Silva , principalmente ante la amenaza y el peligro injerencista de Donald Trump, apoyo que se tradujo en una rotunda paliza al senador Flávio Bolsonaro, servil representante de una extrema derecha rendida de manera ignominiosa ante el dictador de la Casa Blanca.
Para variar, haciendo gala de la mediocridad y pobreza moral de muchos políticos, Bolsonaro no solo se resistió a reconocer el triunfo de su oponente, sino se atrevió a ensuciar el proceso eleccionario, fabricando una falsa narrativa de fraude, misma que se desmoronó a pedazos por su inconsistencia desde el mismo instante de ser formulada.
Tras el histórico triunfo electoral de Lula se empieza a modificar drásticamente, no solo el escenario brasileño, sino también el tablero geopolítico de la región. Y es que la cuarta conquista del poder por parte del líder del Partido de los Trabajadores, constituye un dique de contención frente a la estrategia abusiva e intervencionista de Trump, convirtiéndose en el contrapeso más poderoso ante la embestida norteamericana.
No es ningún secreto que el mandatario estadounidense buscaba el total alineamiento del gigante sudamericano en áreas críticas para los gringos, como el acceso a recursos estratégicos, tal el caso de las masivas reservas de tierras raras brasileñas, las segundas mayores del mundo después de las que posee el gigante chino.
Frente a la presión estadounidense, que incluyó amenazas arancelarias previas a la elección y el cuestionamiento público de Trump secundando a Bolsonaro en el estéril intento de tachar el triunfo de Lula como «manipulado», el mandatario reelecto ha sido categórico en sus discursos: «Brasil no acepta ser el patio trasero de nadie», posicionamiento importante y oportuno, porque le otorga a Latinoamérica un escudo retórico y político fundamental y, de paso, envía el mensaje de que sí es posible resistir a las presiones de Washington e imponer la autonomía nacional.
Quizás parezca prematuro, pero la victoria brasileña puede alterar profundamente las dinámicas económicas, políticas y culturales del bloque latinoamericano. En lo económico, bajo el liderazgo de Lula, Brasil puede acelerar la consolidación de sus lazos comerciales y de infraestructura con la República Popular China y el fortalecimiento de los BRICS.
Además, el impulso del intercambio comercial utilizando monedas locales, sienta las bases para que otras naciones disminuyan paulatinamente su supeditación absoluta al dólar y dependan menos de las veleidades de las sanciones o presiones fiscales dictadas por Washington.
En lo político y a diferencia de sus anteriores mandatos, Lula se enfrenta hoy a una región fragmentada, donde varios gobiernos han girado con fuerza hacia la derecha pro Departamento de Estado. Sin embargo, al erigirse Brasil como el principal bastión progresista junto a México, se abren posibilidades reales de liderar iniciativas unitarias. Su estrategia de integración no se basará únicamente en coincidencias ideológicas (las cuales son minoritarias hoy en la región), sino en el pragmatismo comercial, la diplomacia presidencial y el peso del Mercosur. Así, los países menos alineados con EE. UU. encuentran en Brasilia un socio estratégico indispensable para contrarrestar el aislamiento internacional.
En el aspecto cultural, el triunfo de Lula desarma el discurso de la ultraderecha trumpista que vincula el patriotismo con posturas conservadoras. El presidente reelecto utilizó de forma efectiva consignas de soberanía y acusó a sus oponentes de defender los intereses gringos por encima de los propios. Esto redefine un «sentimiento nacional latinoamericano» integrador, enfocado en el combate al hambre, la justicia social y el multilateralismo.
¿Y Guatemala? Los chapines debemos observar estos acontecimientos desde una posición geográfica e institucional compleja, porque al encontrarnos bajo la influencia directa e inmediata de Washington, el triunfo de Lula repercute aquí, al menos en tres vertientes clave:
Alternativa en el multilateralismo. Guatemala mantiene un canal de balance diplomático. Aunque mantenga sus nexos estructurales con EE. UU., la presencia de un Brasil fuerte en foros globales permite a la diplomacia nacional abrir espacios de cooperación Sur-Sur, sin condicionamientos ideológicos de la seguridad norteamericana.
Presión sobre las élites locales. Para frustración de la extrema derecha que esperaba una estrepitosa derrota de Lula, el revés a la estrategia intervencionista de Trump, envía una señal de alerta a los sectores políticos más conservadores, al limitar su capacidad para justificar alineaciones geopolíticas humillantes hacia Washington.
Agenda de desarrollo común. Se abre oportunidades de incrementar la transferencia técnica en políticas que Brasil domina de forma exitosa (seguridad alimentaria, reducción del hambre y protección de ecosistemas frente al cambio climático), de urgente aplicación en el territorio.
En conclusión, el triunfo de Lula no es solo un cambio de gobierno; es un recordatorio de que el destino de América Latina pertenece única y exclusivamente a sus pueblos. En tiempos donde la sombra del intervencionismo y las presiones externas intentan sembrar el miedo y la resignación, la victoria soberana de Brasil enciende una luz en el horizonte continental, demostrando que la dignidad y la autonomía de una nación no están en venta.
Para cada latinoamericano, y muy especialmente para el pueblo de Guatemala, esta victoria es un llamado a la esperanza y a la resistencia. A pesar de las distancias geográficas y de los vientos tenebrosos que soplan desde el norte, la lección es clara: no estamos condenados a ser el patio trasero de ninguna potencia. Guatemala, con su riqueza milenaria, su fuerza trabajadora y su inquebrantable deseo de justicia social, tiene en el espíritu de hermandad latinoamericanista un eco de su propia voz, una trinchera diplomática y un abrazo solidario.![]()
Fotografía principal tomada de The New York Times.



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