Este documental está basado en una obra de teatro realizada por un grupo de jóvenes de Santa María Tzejá, que en base a testimonios de sobrevivientes recrea lo que fue la masacre que el ejército llevó a cabo en dicha comunidad. Este documental contiene gran cantidad de imágenes de archivo acerca de la represión en Guatemala.
30 AÑOS ASOCIACIÓN COMUNICARTE 1990 -2020
COMPARTIENDO EL ARCHIVO DE DOCUMENTALES
MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA
DEVOLVIENDO LAS IMÁGENES A LOS ACTORES, LOS TESTIMONIOS DE LAS VICTIMAS Y SOBREVIVIENTES DEL CONFLICTO ARMADO.
Hablar hoy de Memoria Histórica o de Memoria Colectiva, es hablar del trabajo que COMUNICARTE viene desarrollando desde 1990.
Me acabo de
enterar que se aproxima al lecho de muerte. No sé cuánto le va a durar la vida;
pero, créame, desde que empezó el juicio en su contra por genocidio, hago votos
porque tenga una larga vida, como la que le desean los apologetas del crimen,
que antes y después de muerto le seguirán lanzando hurras. Le cae bien una
larga vida para que, día a día, desee estar muerto, a causa de tanta cita
judicial, tanto supositorio y tanta pesadilla por sus sangrientas barbaries,
que lo tienen con ojeras de cancerbero.
Aprovecho a
escribirle ahora, porque no lo haré desde el día de su muerte, hasta que haya
pasado, por lo menos un año, de su lamentable deceso. Es el mínimo respeto que
debo tener por la memoria de cualquier difunto, como aprendió a respetar la
humanidad desde que dio el salto a la civilización. Un respeto que atilas como
usted no se merecen, si juzgamos que, a los familiares de sus miles de víctimas
ni siquiera les dio la oportunidad de enterrarlos cristianamente.
Nada más vea
la cantidad de cementerios clandestinos que le gritan en la cara: ¡fue usted
general, fue usted! El último de esos camposantos, el de la Zona militar de
Cobán, donde uno de sus pupilos, Ricardo Méndez Ruiz, cumplió con las órdenes.
Así fue como se dio gusto golpeando, torturando, ejecutando hombres, mujeres,
ancianos y recién nacidos comunistas, puestos a dormir en ese inframundo, en
cuya superficie tronaban las botas de la soberbia y la impunidad.
No se
preocupe. Siempre habrá quién intente acallar esas voces, como el oficial de
inteligencia, hijo de su subordinado Méndez Ruiz, que creó una Fundación
Terrorista, desde la que amenaza y acciona contra defensores de los derechos
humanos, alentado por la resurrección del fascismo global, el apoyo logístico
de la Asociación de Veteranos Militares Genocidas de Guatemala, AVEMILGUA, y el
financiamiento del CACIF, que también financió los escuadrones de la muerte
desde 1954.
Qué buena
semilla nos dejó con los “oficiales jóvenes”, heraldos de su cruzada
sanguinaria de valores: Otto Pérez Molina, su niño bonito que barrió el
Triángulo Ixil; y Mauricio López Bonilla, su niño feo, segundo verbo del
golpismo del 82, uno de los primeros militares que se empiernaron con
guerrilleros en el negocio de la guerra y la violación de derechos humanos. Par
de delincuentes que casi gozan, como usted, de impunidad: arresto militar en el
vergonzoso Cuartel de Matamoros, donde torturaron y mataron a tantos
cristianos.
Si es que
algún día los tuvo, general, ¡dónde perdió la decencia y el don de gentes?,
porque usted fue demócrata y cristiano. Quizás todo se fue al traste cuando
rompió con los valores de la democracia y el cristianismo de nuevo testamento,
para abrazar esa secta imperialista antiguo testamentaria, que lo convirtió en
dictadorzuelo, en Herodes de República Bananera. Usted y su fanatismo hicieron
ver como enanos a Estrada Cabrera, devoto de los envenenamientos, y a Ubico,
devoto de la Ley Fuga y la virgen de Zapopán.
Mire cómo
dejó este país con su prédica dominguera y su doctrina de quitarle el agua al
pez. Envenenó los ríos y los lagos cuando debió procurar la multiplicación de los
peces y los panes. Mire cómo los hijos y nietos de los otrora niños que no
alcanzó a eliminar con fusiles y frijoles, hoy se mueren de hambre en cualquier
paraje rural y de enfermedades prevenibles en cualquier barriada citadina. A
Dios sea la gloria y a usted los honores militares, hijo predilecto del averno.
Mire cómo su
seguridad anticomunista de metralla y tribunales de fuero especial tiene hasta
hoy, sobre envalentonados a los poderosos por encima de un pueblo al que, día a
día, le roban la dignidad entre la pared de la sobrevivencia y la espada de la
corrupción. El pecado del comunismo no se absolvió con sus pecados capitales,
como eso de matar en nombre de Jehová. Vea este pueblo acechado por la maras,
reencarnación de sus hordas castrenses de casco hendido, que igualmente golpean
al pobre, al humilde y al trabajador.
No se sienta
mal porque, por lo menos, sus hijos siguieron sus pasos al pie de la letra: no
mienten, no roban, no abusan. Ha de ser un orgullo para usted el proceso contra
su hijo Enrique Ríos Sosa por el desfalco de 471 millones de quetzales en el
Ejército, dinero del pueblo que fue a parar a cuentas de particulares. Y qué
decir de su hija Zury, que, gracias a Dios, acabó con el FRG, su partido de la
manita con sangre, cuando extorsionaba empresarios para el financiamiento de su
campaña electoral.
Lo bueno es
que, al igual que usted, su hijo Enrique, ese cobarde ladrón (por no decirle
hueco) atrapado en el cuerpo de un militar y envuelto en las enaguas de su
nana, continúa en la impunidad gracias al putrefacto sistema de justicia, al
que su partido contribuyó a modelar. Lo mejor es que su hija Zury, ese militar
atrapado en el cuerpo de una vieja, continúa en la política ofreciendo
principios y valores con la garantía de que usted es el modelo de ciudadano y,
su familia, el modelo de sociedad en Guatemala.
Para
olvidarse del dolor de culo a causa de los supositorios, recuerde su mejor
tiempo, que fue el de dictador. Por ejemplo, la masacre de 96 ixiles en la
comunidad Estrella Polar, de Chajul, El Quiché, ocurrida el mismo día de su
asunción. Recree a esos hombres inermes ejecutados en la Iglesia Católica,
Mujeres asesinadas por sus emisarios en una casa cercana y a los soldados
sacando los cadáveres durante dos días para tirarlos en un pozo seco.
Diviértase un poco. Recordar es volver a vivir.
Si no le
parece divertido, sepa que tampoco fue divertida la matanza, a martillazos, de
doscientos ladinos en “Dos Erres” La Libertad, Petén. Recuerde que entonces la
gente decía que usted estaba loco, mientras presumía de cuerdo. Hoy, para
evadir a la justicia, usted dice que está loco y la gente presume que está
cuerdo. ¡Pongámonos de acuerdo generalísimo y criminal, por la gracia de Dios!
Le deseo una larga vida de sufrimiento. Ojalá fuera eterno, para resarcir, en
parte, la sangre que ni todos los hematólogos del mundo han derramado nunca,
como usted lo hizo en Guatemala.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH)
informó hoy que encontró culpable al Estado guatemalteco por desapariciones
forzadas y por no haber investigado la masacre de pueblos indígenas mayas
perpetrada por agentes estatales entre 1981 y 1986, durante la guerra civil.
San José, 21 dic (EFE).- La Corte Interamericana de Derechos
Humanos (CorteIDH) informó hoy que encontró culpable al Estado guatemalteco por
desapariciones forzadas y por no haber investigado la masacre de pueblos
indígenas mayas perpetrada por agentes estatales entre 1981 y 1986, durante la
guerra civil.
El caso se relaciona con una serie de masacres, ejecuciones
extrajudiciales, torturas, desapariciones forzadas y violaciones de miembros de
la aldea Chichupac y comunidades vecinas, en el marco del conflicto armado
interno que vivió esa nación (1960-1996).
La sentencia, notificada hoy a las partes, indica que el
Estado guatemalteco es responsable por la desaparición forzada de 22 personas y
por no haber adoptado medidas necesarias para revertir los efectos de la
situación de desplazamiento.
"La falta de investigación de las ejecuciones,
detenciones, desplazamientos forzados, actos de tortura, violencia sexual y
trabajos forzosos, entre otros, ocurridos entre agosto de 1981 y agosto de 1986
en el marco del conflicto armado, constituyó un incumplimiento de las
obligaciones estatales", concluyeron los jueces.
La Corte determinó que el Estado violó los derechos a la
libertad personal, a la integridad personal, al reconocimiento de la personalidad
jurídica y el derecho a la vida, de las 22 víctimas de desapariciones forzadas.
Lo último que se supo de ellas es que se encontraban bajo custodia estatal.
También concluyó que el Estado no adoptó medidas para
garantizar a las víctimas desplazadas un retorno digno y seguro a sus lugares
de residencia, un nuevo asentamiento voluntario o una indemnización adecuada,
por lo que, violó el derecho de circulación y residencia.
La sentencia además indica que no se cumplió con las
obligaciones para prevenir y sancionar la tortura, la desaparición forzada de
personas, y por no prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la
mujer.
"La Corte determinó que la actuación del Estado en la
investigación de los hechos del caso demostró una clara voluntad por parte de
las autoridades de que los mismos permanezcan en la más absoluta
impunidad", explica la sentencia.
La demanda interpuesta por la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos (CIDH) indica que lo ocurrido se enmarca "dentro de una
política de Estado, con fundamento en la doctrina de seguridad nacional y el
concepto de enemigo interno, destinada a eliminar la supuesta base social de
grupos insurgentes de la época".
El tribunal internacional solicitó reabrir las
investigaciones para sancionar a los responsables, así como brindar tratamiento
médico, psicológico y psiquiátrico a las víctimas.
El Estado de Guatemala también debe realizar las acciones
necesarias tanto para determinar el paradero de los miembros de la aldea de
Chichupac y comunidades vecinas desaparecidos forzadamente, así como localizar,
exhumar e identificar a las personas fallecidas.
Por daños materiales e inmateriales la CorteIDH ordenó
entregar 55.000 dólares por cada una de las 183 personas incluidas en un
listado general de víctimas de desaparición forzada.
Además de 5.000 dólares a las personas que fueron
desplazadas y 30.000 dólares para cada familia de víctimas, que deben ser
divididos entre madres, padres, hijos, cónyuges y compañeros permanentes.
También contempla 10.000 dólares para los hermanos de las
víctimas por daño inmaterial.
La Corte Interamericana indicó que supervisará el
cumplimiento íntegro de la sentencia y que dará por concluido el caso una vez
que el Estado guatemalteco haya dado cabal cumplimiento a lo dispuesto en la
misma. EFE
LAS DOS ERRES: Una Mirada Hacia el Fondo del Pasado Documental de 21 minutos, realizado en el año 1995 La
matanza en el parcelamiento Dos Erres ocurrió el 7 de diciembre de
1982. 40 kaibiles ingresaron al parcelamiento, 250
pobladores fueron asesinados en octubre de 1982, por elementos del
ejército durante el régimen de facto de Efraín Ríos Montt.
LA MASACRE DE LAS DOS ERRES
La causa de la masacre
En octubre de 1982, una emboscada de la
guerrilla causó la muerte de alrededor de 20 soldados y la pérdida de sus
rifles. Datos de inteligencia indicaron un tiempo después que los rifles podían
estar en la zona de Las Dos Erres, una aldea de granjas con 60 familias en la
selva profunda, cerca de la frontera mexicana. Altos mandos del Ejército
desplegaron la patrulla especial para recuperar los rifles y darles una lección
a los aldeanos.
Disfrazados de guerrilleros, la unidad de
20 hombres asaltó Las Dos Erres el 7 de diciembre, respaldada por una fuerza de
apoyo de 40 comandos uniformados. Las tropas no encontraron ni los rifles ni
evidencia de actividad guerrillera. El operativo se descompuso en un frenesí de
violaciones, torturas y asesinatos que aniquiló a casi toda la población, según
expedientes judiciales guatemaltecos y estadounidenses.
La investigación empezó 14 años después,
pero produjo pruebas únicas. Rompiendo el código de silencio, 2 soldados se
convirtieron en testigos protegidos en los noventa y rindieron sus testimonios
sobre la matanza. Además, los fiscales conectaron la masacre con la unidad de
Sosa, por medio de exámenes de ADN realizados a 2 niños secuestrados en Las Dos
Erres en 1982 y que crecieron en hogares de militares: Óscar Ramírez Ramos y
Ramiro Osorio Cristales, de 3 y 5 años. (…)
La masacre de 250 civilesfue una de las peores atrocidades de la
guerra civil de Guatemala. Durante el último año, las cortes han condenado a 5
soldados del Ejército guatemalteco por crímenes relacionados con la matanza.
(…) La fiscalía en Guatemala busca a otros 7 antiguos comandos acusados de
haber participado en la masacre.
1 Roberto Aníbal Rivera Martínez. Fecha de
nacimiento: 8/24/1954. Último lugar de residencia conocido: Ciudad de
Guatemala. Rango: teniente. Está acusado de haber sido el comandante de la
unidad que cometió la masacre de Las Dos Erres. Cuando los investigadores
ejecutaron una orden de detención en su casa en un barrio militar en 2010,
descubrieron un túnel para huir.
2 César Adán Rosales Batres. Fecha de
nacimiento: 6/11/1957. Último lugar de residencia conocido: Ciudad de
Guatemala. Rango: teniente. Era el tercereo en antigüedad de los oficiales en
la unidad de comandos. Los testigos alegaron que fue el primero en violar una
niña durante el asalto a Las Dos Erres.
3 Alfonso Bulux Vicente. Fecha de
nacimiento: 1/13/1953. Último lugar de residencia conocido: Retalhuleu. Rango:
sargento. Durante la masacre, Bulux mostró piedad a una familia en las afueras
de la aldea, dejándolos huir, según testimonios. Pero los testimonios también
le ubican entre el grupo de comandos que interrogaron a los campesinos, les
pegaron con un martillo y los tiraron dentro del pozo del pueblo.
4 Manuel Cupertino Montenegro Hernández.
Fecha de nacimiento: 1956. Último lugar de residencia conocido: Ciudad de
Guatemala. Rango: sargento. Sirvió como radio-operador de la unidad, manejando
la comunicación con altos cargos del ejército fuera de Las Dos Erres durante el
operativo. Como resultado podría tener información sobre la involucración y
conocimiento de oficiales de alto rango.
5 Mardoqueo Ortiz Morales. Fecha de
nacimiento: 4/26/1962. Último lugar de residencia conocido: Ayutla. Rango:
cabo. Se le señala como uno de los comandos que mataron a campesinos al lado
del pozo.
6 Cirilo Benjamín Caal Ac. Fecha de
nacimiento: 2/9/1949. Último lugar de residencia conocido: Melchor de Mencos.
Rango: sargento. Ha sido identificado por testigos como uno de los comandos que
mataron campesinos al lado del pozo. En 2007 se describió como agricultor,
según documentos del Gobierno guatemalteco.
7 Carlos Humberto Oliva Martínez. Fecha de
nacimiento: 1/19/1954. Último lugar de residencia conocido: Poptún. Rango:
sargento. Ha sido identificado por testigos como uno de los comandos que
mataron a campesinos al lado del pozo. También se cree que se ha dedicado al
comercio en Petén en años recientes.
Al subinstructor Kaibil Pedro Pimentel Ríos,
el tribunal primero B de mayor riesgo lo encontró culpable y lo condeno a seis
mil 60 años de prisión
La odisea de justicia en Centroamérica
Buscando a Óscar I: La increíble historia
del niño que sobrevivió a la masacre de Dos Erres en Guatemala
Por : Sebastian Rotella, ProPublica y Ana
Arana, Fundacion MEPI en Reportajes de investigación Publicado: 25.05.2012
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Óscar Ramírez nunca supo que era una prueba
viviente. Una de las tres que quedaron de la masacre que el Ejército de
Guatemala llevó a cabo en la pequeña aldea Dos Erres. Poco más de 250 personas
vivían allí; solo tres sobrevivieron al macabro montaje para hacerlo parecer
obra de la guerrilla. Óscar era un niño de 3 años, 29 años después, viviendo en
EE.UU., recibió un mail que decía que su padre no era el teniente quién él
creía. Otro sobreviviente, era soldado cuando supo que quien lo crió asesinó a
su familia. Esta es la estremecedora historia de búsqueda de justicia que hoy
estremece a todo el continente.
(*)Un reportaje de Fundacion MEPI y
Propublica.
Vea también: Buscando a Óscar II: La
cacería de los Kaibiles y un final inesperado
La llamada de Guatemala puso a Óscar en
guardia. “Unos fiscales vinieron a buscarte”, le dijeron familiares de su
pueblo. “Son gente influyente de Ciudad de Guatemala. Quieren hablar contigo”.
Óscar Alfredo Ramírez Castañeda tenía mucho
que perder. A pesar de que vivía sin documentos en los Estados Unidos, a sus 31
años había logrado crear una vida estable. Tenía dos empleos a tiempo completo
para mantener a sus tres hijos y a su mujer, Nidia. Se habían establecido en
una casa pequeña pero alegre en Framingham, un barrio obrero de Boston.
Óscar generalmente se esforzaba por
mantenerse lejos de las autoridades. Sin embargo, llamó a la fiscal de Ciudad
de Guatemala. Ella le dijo que quería hablar de un tema delicado sobre su niñez
y de una masacre ocurrida durante la guerra civil de Guatemala. Prometió
explicarlo todo en un correo electrónico.
Días después, Óscar se sentó frente a su
computadora en su sala repleta de juguetes, trofeos de escuela, fotos de
familia, un crucifijo y recuerdos de su país. Había llegado a casa tarde,
después del trabajo. Nidia, con siete meses de embarazo, descansaba en un
sillón cercano. Los niños dormían arriba.
Los ojos verdes de Óscar miraron la
pantalla. El correo había llegado. Respiró profundo y dio clic.
“Usted no me conoce”, empezaba la larga
misiva que le cambiaría la vida.
La fiscal decía que estaba investigando un
episodio violento de la guerra, un caso que la había afectado profundamente. En
1982, una patrulla de comandos especiales había asaltado el pueblo de Dos Erres
y había masacrado a más de 250 hombres, mujeres y niños.
Dos niños pequeños que sobrevivieron fueron
robados por los comandos. Veintinueve años después, quince desde que la
fiscalía había empezado la búsqueda de los asesinos, la fiscal había llegado a
la conclusión de que Óscar era uno de los dos niños secuestrados.
“Yo tengo conocimiento que usted fue muy
querido y bien tratado por la familia con quienes se crió. Yo espero que
después de todo esto que le estoy contando, usted tenga la suficiente madurez
para asimilarlo de una manera adecuada. Yo lo hago de su conocimiento en base
al derecho a saber la verdad que tienen todas las personas víctimas de
violaciones a los Derechos Humanos”, escribió la fiscal.
“El punto, Oscar Alfredo, es que usted,
aunque no lo sabía, fue una víctima de ese triste hecho que le comento, al
igual que ese otro niño que le cuento que encontramos, así como los familiares
de las personas que fallecieron en ese lugar”.
Para entonces, Nidia leía por encima de su
hombro. La fiscal dijo que podía acordar una prueba de ADN para confirmar su
teoría. Le ofreció un incentivo: ayudar a Óscar con su proceso migratorio en
los Estados Unidos.
“Esta es una decisión que usted debe
tomar”, acotó.
Óscar repasó imágenes de su niñez
rápidamente en su cabeza. Se esforzó por relacionar las palabras de la fiscal
con sus propios recuerdos. No conoció a su madre, tampoco a su padre, quien
nunca se casó. El teniente Óscar Ovidio Ramírez Ramos había muerto en un
accidente cuando él apenas tenía cuatro años. La abuela de Óscar y sus tías lo
habían criado inculcándole un profundo respeto hacia su progenitor.
Según la familia, el teniente había sido un
héroe. Se graduó como el primero en su clase, se convirtió en un soldado de
élite y había ganado medallas en combate. Óscar atesoraba la boina militar roja
y su añejo álbum de fotos. Le gustaba hojear las imágenes que mostraban a un
oficial fornido de sonrisa joven, en un tanque, cargando la bandera.
El sobrenombre del teniente era un
diminutivo de Óscar: Cocorico. Y Óscar se llamaba a sí mismo “Cocorico Dos”.
Si las sospechas de la fiscal eran
correctas, Óscar no sabía quien era. No era el hijo de un honorable soldado.
Era la víctima de un secuestro, un trofeo de batalla, la prueba viviente de una
masacre.
A pesar de lo abrumador de la revelación,
Óscar tuvo que admitir que no era del todo una sorpresa. Diez años antes,
alguien le había enviado un artículo de un periódico guatemalteco sobre Dos
Erres. Mencionaba su nombre y el supuesto rapto. Pero su familia en Guatemala
lo había convencido de que la idea era descabellada, un mero invento de la
izquierda.
Lejos de la cruda realidad de Guatemala,
Óscar decidió olvidarse de la historia. El país que había dejado detrás era uno
de los más desesperados y violentos en todo el continente americano. Alrededor
de 200 mil personas murieron en la guerra civil que terminó en 1996. Los
militares, acusados de genocidio, todavía conservaban mucho poder.
Ahora, el caso estaba arrastrando a Óscar
al interior de la lucha que Guatemala libraba al enfrentarse con su pasado
trágico. Si se realizaba la prueba de ADN y los resultados eran positivos, su
vida se transformaría de manera peligrosa. Se convertiría en una evidencia de
carne y hueso en la búsqueda de justicia para las víctimas de Dos Erres.
Tendría que aceptar que su identidad, su vida entera, había estado basada en
una mentira. Además, se convertiría en un posible objetivo de las fuerzas
poderosas que buscaban mantener enterrados los secretos de Guatemala.
Los guatemaltecos se encontraban en un
dilema similar. Estaban divididos acerca de cómo castigar los crímenes del
pasado en una sociedad rebasada por la impunidad. Los asesinos y torturadores
uniformados de los ‘80 habían contribuido a crear las mafias, la corrupción y
el crimen que azotaban a los pequeños países de Centroamérica. La investigación
de Dos Erres era parte de la batalla contra la impunidad, de la lucha por un mejor
futuro. Pero las pequeñas victorias tenían grandes costos potenciales:
represalias y conflictos políticos.
Al igual que su país, Óscar tenía que
elegir si quería enfrentar una verdad dolorosa.
“NO SOMOS PERROS PARA QUE NOS MATEN”
El otoño de 1982 fue tenso en Petén, una
región al norte de Guatemala, cerca de México.
Las tropas militares en la zona combatían
al grupo guerrillero conocido como las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR). La
campaña de contrainsurgencia era metódica y brutal. El dictador Efraín Ríos
Montt, un general que había tomado el poder en marzo, después de un Golpe de
Estado, arrasaba con poblados rurales sospechosos de alojar y proteger a los
rebeldes.
Aunque habían ocurrido enfrentamientos
cerca de Dos Erres, la aldea estaba escondida en un área remota y selvática y
era relativamente tranquila. Había sido fundada apenas cuatro años antes,
mediante un programa de reparto agrario del gobierno. A diferencia de las áreas
donde los rebeldes reclutaban agresivamente entre los indígenas del país, los
habitantes de Dos Erres eran principalmente ladinos (guatemaltecos de
ascendencia blanca e indígena). Las sesenta familias que vivían en este terreno
muy fértil, cultivaban frijol, maíz y piñas. Los caminos no estaban
pavimentados, pero había una escuela y dos iglesias, una católica y otra
evangélica. El nombre del pueblo, Dos Erres,homenajeaba a sus fundadores,
Federico Aquino Ruano y Marcos Reyes.
El encargado militar de la región, el
teniente Carlos Antonio Carías, pidió que los hombres de Dos Erres participaran
en una patrulla de autodefensa civil armada de la base militar ubicada en el
pueblo de Las Cruces, localizado a unos 11 kilómetros de distancia. Los hombres
de Dos Erres se resistían a hacerlo, preferían ser parte de una patrulla que
protegiera a su comunidad. El teniente Carías tomó a mal esta posición de los
residentes. Se tornó agresivo y acusó a la gente de Dos Erres de refugiar a
guerrilleros. Prohibió a los habitantes que participaran en las ceremonias de
juramento a la bandera, y, como evidencia de su supuesta traición, mostró a sus
superiores un costal de cosecha inscrito con las iniciales FAR, alegando que se
trataba de la insignia guerrillera. En realidad, el costal pertenecía al
cofundador de la aldea, Ruano, y eran sus iniciales.
En octubre, el Ejército sufrió una
humillante derrota en la cual guerrilleros mataron a un grupo de soldados y
robaron alrededor de veinte rifles. A principios de diciembre, inteligencia
militar indicó que las armas robadas estaban en el área de Dos Erres. El
Ejército envió a sus comandos especiales, los Kaibiles, a recuperar las armas y
a darles a los habitantes un castigo.
Los comandos representaban la punta de
lanza de una ofensiva anti-guerrillas que ya había recibido varias condenas
internacionales. En la lengua indígena Mam, Kaibil significa “aquél que tiene
la fuerza y la astucia de dos tigres”. Con un entrenamiento notoriamente duro
en técnicas de supervivencia, contrainsurgencia y guerra psicológica, los
Kaibiles eran considerados como las fuerzas especiales más violentas de
Latinoamérica. Su lema: “Si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame; si
retrocedo, mátame”.
El plan incluía encubrir la identidad de
los invasores. El 6 de diciembre de 1982, en una base en Petén, se formó un
escuadrón de veinte Kaibiles disfrazados como guerrilleros: con camisetas
verdes, pantalones de civil y brazaletes rojos. Cuarenta efectivos uniformados
que les acompañarían tenían órdenes de apoyarles con un cerco de seguridad y
evitar que alguien entrara o saliera. De todo lo que sucediese en Dos Erres, se
responsabilizaría a la izquierda.
Las tropas salieron a las 22:00 en dos
camiones civiles. Condujeron hasta la medianoche. Después incursionaron durante
dos horas por la densa y húmeda selva. Eran guiados por un guerrillero cautivo
obligado a participar en la misión.
En las afueras de la aldea el escuadrón de
ataque se desplegó como siempre: por grupos de asalto, municiones, apoyo de
combate, perímetro y mandos.
El grupo de mando tenía un operador de
radio que se comunicaría durante la operación con mandos superiores situados en
otros lugares. El grupo de asalto consistía en expertos en interrogación, lucha
y asesinato. Incluso sus mismos compañeros en el escuadrón mantenían su
distancia con los miembros de este grupo por considerarlos psicópatas.
Los Kaibiles escogidos para esta misión
secreta eran la élite de la élite. A los 28 años, el teniente Ramírez era el
más experimentado de todos.
Conocido como Cocorico o El Indio, Ramírez
se había graduado como el mejor de su clase en 1975. Había ganado una beca para
entrenamiento avanzado en la Escuela de Lanceros, en Colombia, pero se había
metido en problemas por ir de fiesta y malgastar fondos. Fue suspendido del
Ejército por seis meses y peleó como mercenario en Nicaragua en 1978, con las
fuerzas del dictador Anastasio Somoza Debayle, un aliado de los Estados Unidos.
Washington reforzó el rol de Guatemala como un bastión estratégico en la lucha
contra el comunismo cuando los Sandinistas derrotaron a Somoza el año
siguiente. Creció el temor de que hubiera un efecto dominó en la región.
Ramírez volvió a Guatemala y se unió a una
unidad de artillería. Herido y condecorado en noviembre de 1981, comenzó a
participar en operaciones encubiertas contra la guerrilla, muchas veces vestido
de civil. Se creó una reputación por su crueldad. Un compañero suyo lo
consideraba “un criminal uniformado”. Otros veteranos, en cambio, admiraban su
habilidad en el campo de batalla y la lealtad a sus tropas.
Cocorico era también un hijo entregado: le
enviaba mensualmente dinero a su madre, quien se quejaba frecuentemente de que
el teniente seguía SOLTERO y no le había dado un nieto.
Ramírez se convirtió en instructor en la
escuela de entrenamiento Kaibil, en Petén. En 1982, el régimen de Ríos Montt
cerró la escuela y creó una patrulla itinerante de instructores: tenientes,
sargentos y cabos, todos hábiles combatientes. Ramírez era el subcomandante de
la unidad, la cual podía desplegarse rápidamente como una fuerza de ataque en
las zonas de control guerrillero.
El escuadrón invadió Dos Erres a las 2:00.
Los comandos derribaron puertas y sacaron a
las familias de sus casas. Aunque los soldados estaban preparados para un
enfrentamiento, no hubo resistencia. No encontraron ninguno de los rifles
robados.
Llevaron a los hombres a la escuela, y a
las mujeres y a los niños a una iglesia. La violencia comenzó antes del
amanecer. César Ibáñez, uno de los soldados, escuchó los gritos de las niñas
pidiendo ayuda. Varios soldados vieron al teniente César Adán Rosales Batres
violar a una niña de 10 años frente a su familia. Imitando a su superior, otros
militares empezaron a violar a mujeres y niñas.
Al mediodía, los Kaibiles ordenaron a las
mujeres violentadas que prepararan comida en una pequeña casa de rancho. Los
soldados comieron en turnos de cinco. Las jóvenes lloraban mientras servían
comida a Ibáñez y a los demás. De regreso a su puesto, Ibáñez vio cómo un
sargento llevaba a una niña por un callejón.
El sargento le dijo que habían empezado “a
vacunar”.
Los militares llevaron a las personas una
por una al centro de la aldea, cerca de un pozo sin agua de 12 metros de
profundidad. Favio Pinzón Jerez, el cocinero del escuadrón, y otros soldados
les aseguraron que todo estaría bien. Serían vacunados. Se trataba de una
medida de salud preventiva. No era nada para preocuparse.
Gilberto Jordán fue el primero en derramar
sangre. Cargó a un bebé, lo llevó hasta el pozo y lo arrojó hacia su muerte.
Jordán lloró cuando mató al niño. Sin embargo, con la ayuda de Manuel Pop Sun,
otro soldado, siguió arrojando niños al pozo.
A los adultos les vendaron los ojos y los
hicieron arrodillarse, uno a uno. Los interrogaban acerca de los rifles y los
nombres de los líderes guerrilleros. Cuando los habitantes protestaban que no
sabían nada, los soldados les golpeaban en la cabeza con un mazo, un martillo
de metal. Luego, los arrojaban al pozo.
“¡Malditos!”, gritaban las víctimas a sus
ejecutores.
Ibáñez tiró a una mujer al pozo. Pinzón, el
cocinero, siguió llevando allí a las victimas, junto al sub-teniente Jorge
Vinicio Sosa Orantes. Cuando el pozo estaba medio lleno, un hombre que cayó
encima de la pila de cadáveres pero seguía vivo, logró quitarse la venda de los
ojos:
-¡Mátenme! -les dijo a los militares.
-¡Tu madre! -contestó Sosa.
-¡La tuya, hijo de la gran puta! -gritó el
hombre en respuesta.
Pinzón observaba. Sosa se enfureció, le
disparó al hombre y para asegurarse, lanzó una granada al interior del pozo.
Unas horas más tarde, los cuerpos se desbordaban.
La masacre continuó en otras partes del
pueblo. Salomé Armando Gómez Hernández, de 11 años, vivía en otra aldea cerca
de Dos Erres. Esa mañana temprano, había viajado a caballo con su hermano de 22
años para comprar medicina en Las Cruces. Cuando llegaron a Dos Erres alrededor
de las 10:00 para visitar a un tío, los militares metieron a Gómez Hernández a
la iglesia junto a las mujeres y los niños. A través de los tablones, vio cómo
los soldados golpeaban y disparaban a la gente. Su hermano y su tío fueron
asesinados.
Por la tarde, los asaltantes juntaron
alrededor de cincuenta mujeres y niños y los llevaron caminando hacia las
montañas. Gómez Hernández se puso al frente de la fila, sabiendo que se
dirigían a su muerte. Los demás también lo sabían.
“No somos perros para que nos maten en el
monte. Sabemos que nos van a matar, ¿por qué no lo hacen aquí mismo?”, dijo una
mujer.
Un soldado se abrió paso violentamente
entre los prisioneros hasta llegar a la mujer y jalarla del cabello. Gómez
Hernández vio la oportunidad de escapar y huyó. El eco de los disparos sonaba
tras él. Se escondió entre la maleza y escuchó.
Uno a uno los soldados mataron a los
prisioneros. Gómez Hernández escuchó los gemidos de la gente agonizando. Un
niño llamaba a su mama. Los militares ejecutaron a los pequeños con los rifles.
A cada uno, un tiro. Fueron entre cuarenta y cincuenta disparos en total.
Al caer la noche, en el pueblo sólo
quedaban cadáveres, animales y soldados. El escuadrón se resguardó esa noche en
las casas abandonadas. Llovía. Gómez Hernández pudo volver al pueblo, con
trabajo, tropezándose entre la oscuridad y el lodo. Pasó entre los cuerpos de
sus vecinos esparcidos por las calles y caminos. Escondido entre el pasto alto,
escuchó risas.
“Ya los terminamos, muchá. Y vamos a seguir
buscando”, dijo un militar.
Gómez Hernández finalmente regresó a Las
Cruces.
Cinco prisioneros más sobrevivieron a la
matanza de los Kaibiles. Tres mujeres adolescentes y dos niños pequeños
aparentemente habían logrado esconderse en algún lugar. Al ponerse el sol,
fueron hacia el centro de la aldea. Los soldados los llevaron a una casa que
habían convertido en el puesto de mando. Los tenientes decidieron no matar
inmediatamente a los recién llegados.
La mañana del 8 de diciembre, el escuadrón
se dirigió hacia las montañas selváticas con los nuevos prisioneros. Vistieron
con uniformes militares a las adolescentes. El teniente Ramírez se hizo cargo
del pequeño de tres años. El panadero del escuadrón, Santos López Alonzo, se
llevó al niño de cinco años. Esa noche, tres oficiales arrastraron a las
jóvenes entre la maleza y las violaron. A la mañana siguiente las estrangularon
y las fusilaron.
Perdonaron las vidas de ambos niños porque
tenían piel blanca y ojos verdes, atributos bien valorados en una sociedad
estratificada por divisiones raciales.
El teniente Ramírez le dijo a Pinzón y al
resto que llevaría al niño más pequeño a su pueblo, Zacapa, situado al este del
país. Lo vestiría al estilo de la región: “Como un vaquero: botas vaqueras,
pantalones y una camisa”.
Días después, un helicóptero aterrizó en
una llanura. Estaba ahí para recoger a Pedro Pimentel Ríos para su siguiente
misión. Iba rumbo a Panamá para servir como instructor en la Escuela de las
Américas, la base militar de los Estados Unidos donde se entrenaron a muchos
militares latinoamericanos implicados en atrocidades. Los niños fueron subidos
al helicóptero y llevados a la base Kaibil.
En la selva la patrulla iba a pie. Seguían
las indicaciones del guerrillero guía que estaba atado a una larga cuerda. Las
provisiones ya escaseaban. Mientras se encontraban sentados alrededor de una
fogata, el teniente Ramírez le dijo a un subordinado, Fredy Samayoa Tobar, que
tenía ganas de comer carne.
-¿De dónde se supone que voy a sacar la
carne? -preguntó Samayoa.
-Corta un pedazo de ese guía y tráemelo
-contestó Ramírez.
Samayoa tomó su bayoneta y le cortó unos
treinta centímetros de la espalda al guía. Y le llevó el pedazo al teniente.
-Oh no, no, no, tienes que ejecutarlo, está
sufriendo -le dijo Ramírez.
El soldado mató al guía. El teniente no se
comió la carne.
El comando llegó cerca del pueblo de
Bethel, donde encontraron una tienda y robaron cerveza, cigarrillos y agua. Se
encontraron también con unos campesinos, a los que decapitaron.
Cuando el escuadrón regresó a la base, más
de 250 personas habían muerto. Los Kaibiles llamaron a la misión “Operación
Chapeadora”. Habían “podado” a todo aquél que se había puesto en su camino.
Cuatro días después de la masacre, el
teniente Carías, comandante en Las Cruces, llevó tropas en camiones y tractores
a Dos Erres. Saquearon los vehículos, propiedades y robaron a los animales.
Luego quemaron la aldea.
Carías se encontró con los aterrorizados familiares
de los desaparecidos. Algunos estuvieron lejos de Dos Erres ese día, otros
vivían en pueblos cercanos. Acusó a la guerrilla del incidente.
Tras unas pocas semanas, la embajada
estadounidense en Guatemala se había enterado de lo sucedido en Dos Erres.
Una “fuente confiable” les había dicho a
los oficiales de la embajada que soldados disfrazados de rebeldes habían
asesinado a más de 200 personas. Era el último de una serie de reportes
recibidos en los que se culpaba a los militares por las masacres al interior
del país. El 30 de diciembre tres oficiales estadounidenses fueron a Las
Cruces, y las entrevistas realizadas a los locales levantaron más sospechas.
El equipo sobrevoló Dos Erres en
helicóptero. El piloto de la Fuerza Aérea de Guatemala se negó a aterrizar,
pero las casas quemadas y los campos abandonados eran una evidencia
suficientemente clara de que se habían cometido atrocidades. En un cable
diplomático excepcionalmente sincero enviado a Washington, los diplomáticos
aseguraron que “lo más probable es que la entidad responsable de este incidente
sea el Ejército de Guatemala”.
El gobierno estadounidense mantuvo el
secreto hasta 1998. No se tomó ninguna medida contra el Ejército ni el
escuadrón Kaibil. Los Estados Unidos continuaron apoyando a los gobiernos
represores pero anti-comunistas de Centroamérica.
Tendrían que pasar catorce años hasta que
alguien intentara hacer justicia por Dos Erres. En 1996, después de más de tres
décadas de guerra civil, las hostilidades cesaron con un tratado de paz entre
los rebeldes y militares de Guatemala. Ambos bandos acordaron una amnistía que
exculpaba a los combatientes, pero permitía juzgar las atrocidades.
Existía, sin embargo, una duda considerable
sobre si el nuevo gobierno sería capaz de llevar a juicio esos casos. Los
perpetradores de algunos de los peores crímenes de guerra mantenían su poder en
las Fuerzas Armadas o en mafias del crimen organizado que crecieron rápidamente.
Los cárteles de droga reclutaron ex Kaibiles como sicarios e instructores.
La investigadora que se enfrentó a este
peligroso encargo fue Sara Romero.
Romero era una mujer pequeña y tranquila al
expresarse. Parecía más una oficinista o una profesora que una luchadora contra
el crimen de primera línea. A sus 35 años era una fiscal novata. Se había
graduado en la escuela de leyes el año anterior y había sido asignada a una
comisión especial de derechos humanos en la Ciudad de Guatemala. Aunque los
crímenes de guerra habían quedado sin resolver durante años, estaba decidida a
continuar las investigaciones sin importarle los obstáculos. De otra forma,
pensaba, la impunidad seguiría enquistada en la sociedad guatemalteca.
Se le asignó el caso de Dos Erres. Hubo
cientos de masacres durante el conflicto y Naciones Unidas concluyó que el
Ejército fue responsable de al menos el 93 % de las muertes. Además la ONU
declaró que los asesinatos sistemáticos de indígenas podrían llegar a ser un
genocidio.
Romero tenía poca información. Los
militares insistían que el caso de Dos Erres había sido obra de la guerrilla.
Gracias a la declaración de Gómez Hernández (vea la declaración), el
sobreviviente que tenía 11 años durante la masacre, la fiscal supo que el
Ejército había tenido algo que ver. Pero aún necesitaba más pruebas.
Después de un trayecto de ocho horas en
autobús a la región en el norte del país, Sara Romero llegó a la escena del
crimen. Un manto de silencio cubría las ruinas. Entrevistó a sobrevivientes que
estuvieron fuera de la aldea el día de la masacre. La mayoría tenía miedo de
hablar. Susurraban que temían la ira del teniente Carías, quien todavía seguía
como comandante en Las Cruces. Sospechaban que él había orquestado el ataque al
haberse enfrentado con los habitantes de Dos Erres.
Romero se dio cuenta que era difícil
reconstruir hasta los hechos más elementales, como la identificación de las
víctimas. Para realizar un censo, pidió a la que fue maestra de la escuela de
Dos Erres, una lista de todos los niños y familiares que pudiera recordar.
Sin víctimas confirmadas ni testigos
sólidos, Romero nunca podría resolver el caso. Pero encontró a una aliada: Aura
Elena Farfán.
De aspecto digno, Farfán tenía el pelo gris
y un carácter tan dulce como inflexible. Lideraba una asociación de derechos
humanos en Ciudad de Guatemala para víctimas del conflicto. A pesar de las
amenazas, había interpuesto una demanda criminal responsabilizando al Ejército
de la masacre en Dos Erres. En 1994, había llevado con ella a un equipo voluntario
de antropólogos forenses argentinos para exhumar los restos. (Ver acta de
defunción de N.N.)
Los argentinos –con habilidades afinadas
investigando su propia “guerra sucia”—trabajaron rápidamente y en condiciones
riesgosas. El batallón en Las Cruces los acosó siguiéndoles y tocando música
militar a muy alto volumen. La exhumación extrajo e identificó los restos de
cerca de 62 personas, muchos de ellos bebes y niños.
Farfán pudo conseguir un gran logro para la
fiscalía. A menudo daba entrevistas en la radio del Petén, donde invitaba a que
los testigos se involucraran en el caso. Después de una de esas transmisiones,
representantes de Naciones Unidas le avisaron que un ex soldado quería hablar
sobre Dos Erres. Viajó a la casa del hombre, donde se presentó disfrazada con
lentes oscuros, un sombrero rojo y un chal. Una representante española de la
ONU seguía sus pasos para protegerla.
La puerta se abrió. Allí estaba Favio
Pinzón Jerez, el ex cocinero robusto y con bigote del escuadrón Kaibil,
desayunando con sus hijos. Después de su sorpresa inicial, recibió a Farfán.
Pinzón le contó que había dejado el
Ejército y ahora trabajaba como chofer en un hospital. Nunca logró ser Kaibil
de verdad. No aguantó el duro proceso de entrenamiento. Por ser un humilde cocinero
fue maltratado por el resto de soldados de la patrulla Kaibil. Era el eslabón
débil en el código de silencio de los guerreros. Dos Erres era un fantasma que
le perseguía.
-Quería hablar con usted porque esto que
tengo aquí en el corazón, ya no lo aguanto más -le dijo Pinzón a Farfán.
Le contó la historia de la masacre y le dio
los nombres de cada miembro del escuadrón. La conversación duró horas. Farfán
se sintió abrumada, con una mezcla de disgusto y gratitud. Fue incapaz de
estrechar la mano del soldado, aunque vio que su arrepentimiento parecía
sincero.
Poco después, Pinzón le presentó a Farfán
otro veterano: César Ibáñez. La activista convenció a los dos hombres de
testificar ante Sara Romero. Contaron sus historias fríamente, sin asomo de
emoción. Habría sido imposible conocer los detalles de la masacre si los dos
hombres no hubieran hablado, por lo que se les concedió inmunidad y fueron
reubicados como testigos protegidos.
Los investigadores habían encontrado
obstáculos y amenazas por parte del Ejército desde un principio. Ahora contaban
con testimonios de primera mano que implicaban a la patrulla Kaibil en el
crimen.
Había una nueva línea de investigación: el
robo de los dos niños por el teniente Ramírez y Santos López Alonzo, el ex
panadero de la unidad.
Romero pensó que encontrar a los dos
muchachos era un punto crítico, un milagro. Debían conocer la verdad: vivían
con las personas que habían asesinado a sus padres. Ninguna otra atrocidad de
derechos humanos registrada contaba con este tipo de evidencia.
En 1999, Sara Romero y otro fiscal fueron a
casa del panadero López Alonzo, cerca de la ciudad de Retalhuleu. Su oficina
contaba con tan pocos recursos que no había apoyo policiaco ni armas. Romero
tenía sus reservas por tener que enfrentarse a este militar con acusaciones tan
graves. Sabía que los Kaibiles se jactaban de ser considerados máquinas de
matar.
Cuando vio al soldado sentado en la entrada
de su modesta casa, todos sus miedos desaparecieron. “Se le ve un hombre
sencillo, un campesino humilde”, pensó.
Las fotos familiares en casa de López
Alonzo confirmaron sus sospechas de que estaba en el lugar indicado. Era un
maya de piel oscura y cinco de sus hijos se parecían a él. El sexto chico,
llamado Ramiro, tenía piel blanca y ojos verdes.
-Mi hijo mayor tiene una historia muy
triste -le dijo López Alonzo a la fiscal.
Confesó que tras la masacre se había
quedado con Ramiro y lo había tenido viviendo en la escuela militar por tres
meses. Trajo el niño a casa y a su esposa le contó que había sido abandonado
(vea partida falsa de nacimiento de Ramiro). López Alonzo dijo que había
enlistado a Ramiro, ya con 22 años, en el Ejército. Se negó a revelar la
ubicación del chico. Cuando la oficina de la fiscal empezó a indagar, el
Ministerio de Defensa le preguntó a Ramiro si tenía algún problema con la ley.
En vez de cooperar, el Ministerio le movió de una base a otra.
Los investigadores estaban preocupados de
que Ramiro se encontrara en un grave peligro si los militares se enteraban de
queera prueba viviente de una atrocidad. Eventualmente, los fiscales lo
encontraron y se lo llevaron. Ramiro les contó que tenía recuerdos de la
masacre y del asesinato de su familia.
La familia Alonzo lo había tratado mal,
declaró, lo golpeaban y lo usaban casi como su esclavo. Durante un episodio de
ira, López Alonzo, borracho, le disparó con un rifle. Las autoridades le
convencieron de que abandonara las Fuerzas Armadas y le ofrecieron asilo
político en Canadá.
La búsqueda del otro joven fracasó.
Los fiscales averiguaron que el nombre del
chico era Óscar Alfredo Ramírez Castañeda. Su presunto raptor, el teniente
Óscar Ovidio Ramírez Ramos, había muerto ocho meses después de la masacre
cuando dormía sobre un camión que transportaba madera para construir una casa.
Murió instantáneamente cuando el camión volcó.
Una hermana del teniente fue interrogada en
Zacapa en 1999 y confesó que Ramírez había traído el niño a casa a principios
de 1983, alegando que Óscar era el hijo que había tenido con una mujer fuera
del matrimonio. Los fiscales encontraron un acta de nacimiento pero ninguna
evidencia de que la madre realmente hubiera existido. La hermana admitió que
había oído que el niño era de Dos Erres.
Óscar había dejado el país para ir a
Estados Unidos. Como su familia no quería ayudar en la investigación, Sara
Romero se vio obligada a cancelar la búsqueda.
En el intertanto, los investigadores
avanzaron en otras pistas. Habían identificado a varios ejecutores del
escuadrón Kaibil. En el 2000, un juez decretó órdenes de arresto para 17
sospechosos de la masacre.
En medio de la realidad sofocante de
Guatemala, los resultados eran decepcionantes. La policía no lograba llevar a
cabo los arrestos. Los abogados de la defensa bombardearon al tribunal con
documentos y apelaron a la Corte Suprema. El alegato de la contraparte fue que
sus clientes estaban protegidos por leyes de amnistía, argumentos inexactos que
estancaban las investigaciones.
Sara Romero se estrelló con el poder del
Ejército. Parecía que la justicia se le escapaba, como lo había hecho Óscar.
(*) Con reportes por Habiba Nosheen,
especial para ProPublica, y Brian Reed, This American Life
Las llamadas culturas primitivas resultan todavía peligrosas porque no han perdido el sentido común. Sentido común es también, por extensión natural, sentido comunit...ario. Si pertenece a todos el aire, ¿por qué ha de tener dueño la tierra? Si desde la tierra venimos, y hacia la tierra vamos, ¿acaso no nos mata cualquier crimen que contra la tierra se comete? La tierra es cuna y sepultura, madre y compañera. Se le ofrece el primer trago y el primer bocado; se le da descanso, se la protege de la erosión.
Cinco siglos de prohibición del arcoiris en el cielo americano
El Descubrimiento: el 12 de octubre de 1492, América descubrió el capitalismo. Cristóbal Colón, financiado por los reyes de España y los banqueros de Génova, trajo la novedad a las islas del mar Caribe. En su diario del Descubrimiento, el almirante escribió 139 veces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o Nuestro Señor. Él no podía cansar los ojos de ver tanta lindeza en aquellas playas, y el 27 de noviembre profetizó: Tendrá toda la cristiandad negocio en ellas. Y en eso no se equivocó. Colón creyó que Haití era Japón y que Cuba era China, y creyó que los habitantes de China y Japón eran indios de la India; pero en eso no se equivocó.
Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la cristiandad, ha sido aniquilada una tercera parte de las selvas americanas, está yerma mucha tierra que fue fértil y más de la mitad de la población come salteado. Los indios, víctimas del más gigantesco despojo de la historia universal, siguen sufriendo la usurpación de los últimos restos de sus tierras, y siguen condenados a la negación de su identidad diferente. Se les sigue prohibiendo vivir a su modo y manera, se les sigue negando el derecho de ser. Al principio, el saqueo y el otrocidio fueron ejecutados en nombre del Dios de los cielos. Ahora se cumplen en nombre del dios del Progreso.
Sin embargo, en esa identidad prohibida y despreciada fulguran todavía algunas claves de otra América posible. América, ciega de racismo, no las ve. *** El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón escribió en su diario que él quería llevarse algunos indios a España para que aprendan a hablar ("que deprendan fablar"). Cinco siglos después, el 12 de octubre de 1989, en una corte de justicia de los Estados Unidos, un indio mixteco fue considerado retardado mental ("mentally retarded") porque no hablaba correctamente la lengua castellana. Ladislao Pastrana, mexicano de Oaxaca, bracero ilegal en los campos de California, iba a ser encerrado de por vida en un asilo público. Pastrana no se entendía con la intérprete española y el psicólogo diagnosticó un claro déficit intelectual. Finalmente, los antropólogos aclararon la situación: Pastrana se expresaba perfectamente en su lengua, la lengua mixteca, que hablan los indios herederos de una alta cultura que tiene más de dos mil años de antigüedad.
*** El Paraguay habla guaraní. Un caso único en la historia universal: la lengua de los indios, lengua de los vencidos, es el idioma nacional unánime. Y sin embargo, la mayoría de los paraguayos opina, según las encuestas, que quienes no entienden español son como animales.
De cada dos peruanos, uno es indio, y la Constitución de Perú dice que el quechua es un idioma tan oficial como el español. La Constitución lo dice, pero la realidad no lo oye. El Perú trata a los indios como África del Sur trata a los negros. El español es el único idioma que se enseña en las escuelas y el único que entienden los jueces y los policías y los funcionarios. (El español no es el único idioma de la televisión, porque la televisión también habla inglés.) Hace cinco años, los funcionarios del Registro Civil de las Personas, en la ciudad de Buenos Aires, se negaron a inscribir ek nacimiento de un niño. Los padres, indígenas de la provincia de Jujuy, querían que su hijo se llamara Qori Wamancha, un nombre de su lengua. El Registro argentino no lo aceptó por ser nombre extranjero.
Los indios de las Américas viven exiliados en su propia tierra. El lenguaje no es una señal de identidad, sino una marca de maldición. No los distingue: los delata. Cuando un indio renuncia a su lengua, empieza a civilizarse. ¿Empieza a civilizarse o empieza a suicidarse? *** Cuando yo era niño, en las escuelas del Uruguay nos enseñaban que el país se había salvado del problema indígena gracias a los generales que en el siglo pasado exterminaron a los últimos charrúas.
El problema indígena: los primeros americanos, los verdaderos descubridores de América, son un problema. Y para que el problema deje de ser un problema, es preciso que los indios dejen de ser indios. Borrarlos del mapa o borrarles el alma, aniquilarlos o asimilarlos: el genocidio o el otrocidio.
En diciembre de 1976, el ministro del Interior del Brasil anunció, triunfal, que el problema indígena quedará completamente resuelto al final del siglo veinte: todos los indios estarán, para entonces, debidamente integrados a la sociedad brasileña, y ya no serán indios. El ministro explicó que el organismo oficialmente destinado a su protección (FUNAI, Fundacao Nacional do Indio) se encargará de civilizarlos, o sea: se encargará de desaparecerlos. Las balas, la dinamita, las ofrendas de comida envenenada, la contaminación de los ríos, la devastación de los bosques y la difusión de virus y bacterias desconocidos por los indios, han acompañado la invasión de la Amazonia por las empresas ansiosas de minerales y madera y todo lo demás. Pero la larga y feroz embestida no ha bastado. La domesticación de los indios sobrevivientes, que los rescata de la barbarie, es también un arma imprescindible para despejar de obstáculos el camino de la conquista. *** Matar al indio y salvar al hombre, aconsejaba el piadoso coronel norteamericano Henry Pratt. Y muchos años después, el novelista peruano Mario Vargas Llosa explica que no hay más remedio que modernizar a los indios, aunque haya que sacrificar sus culturas, para salvarlos del hambre y la miseria.
La salvación condena a los indios a trabajar de sol a sol en minas y plantaciones, a cambio de jornales que no alcanzan para comprar una lata de comida para perros. Salvar a los indios también consiste en romper sus refugiso comunitarios y arrojarlos a las canteras de mano de obra barata en la violenta intemperie de las ciudades, donde cambian de lengua y de nombre y de vestido y terminan siendo mendigos y borrachos y putas de burdel. O salvar a los indios consiste en ponerles uniforme y mandarlos, fusil al hombro, a matar a otros indios o a morir defendiendo al sistema que los niega. Al fin y al cabo, los indios son buena carne de cañón: de los 25 mil indios norteamericanos enviados a la segunda guerra mundial, murieron 10 mil.
El 16 de diciembre de 1492, Colón lo había anunciado en su diario: los indios sirven para les mandar y les hacer trabajar, sembrar y hacer todo lo que fuere menester y que hagan villas y se enseñen a andar vestidos y a nuestras costumbres. Secuestro de los brazos, robo del alma: para nombrar esta operación, en toda América se usa, desde los tiempos coloniales, el verbo reducir. El indio salvado es el indio reducido. Se reduce hasta desaparecer: vaciado de sí, es un no-indio, y es nadie. *** El shamán de los indios chamacocos, de Paraguay, canta a las estrellas, a las arañas y a la loca Totila, que deambula por los bosques y llora. Y canta lo que le cuenta el martín pescador: -No sufras hambre, no sufras sed. Súbete a mis alas y comeremos peces del río y beberemos el viento. Y canta lo que le cuenta la neblina: -Vengo a cortar la helada, para que tu pueblo no sufra frío.
Y canta lo que le cuentan los caballos del cielo: -Ensíllanos y vamos en busca de la lluvia.
Pero los misioneros de una secta evangélica han obligado al chamán a dejar sus plumas y sus sonajas y sus cánticos, por ser cosas del Diablo; y él ya no puede curar las mordeduras de víboras, ni traer la lluvia en tiempos de sequía, ni volar sobre la tierra para cantar lo que ve. En una entrevista con Ticio Escobar, el shamán dice: Dejo de cantar y me enfermo. Mis sueños no saben adónde ir y me atormentan. Estoy viejo, estoy lastimado. Al final, ¿de qué me sirve renegar de lo mío? El shamán lo dice en 1986. En 1614, el arzobispo de Lima había mandado quemar todas las quenas y demas instrumentos de música de los indios, y había prohibido todas sus danzas y cantos y ceremonias para que el demonio no pueda continuar ejerciendo sus engaños. Y en 1625, el oidor de la Real Audiencia de Guatemala había prohibido las danzas y cantos y ceremonias de los indios, bajo pena de cien azotes, porque en ellas tienen pacto con los demonios. *** Para despojar a los indios de su libertad y de sus bienes, se despoja a los indios de sus símbolos de identidad. Se les prohíbe cantar y danzar y soñar a sus dioses, aunque ellos habían sido por sus dioses cantados y danzados y soñados en el lejano día de la Creación. Desde los frailes y funcionarios del reino colonial, hasta los misioneros de las sectas norteamericanas que hoy proliferan en América Latina, se crucifica a los indios en nombre de Cristo: para salvarlos del infierno, hay que evangelizar a los paganos idólatras. Se usa al Dios de los cristianos como coartada para el saqueo.
El arzobispo Desmond Tutu se refiere al África, pero también vale para América: -Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: "Cierren los ojos y recen". Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia. *** Los doctores del Estado moderno, en cambio, prefieren la coartada de la ilustración: para salvarlos de las tinieblas, hay que civilizar a los bárbaros ignorantes. Antes y ahora, el racismo convierte al despojo colonial en un acto de justicia. El colonizado es un sub-hombre, capaz de superstición pero incapaz de religión, capaz de folclore pero incapaz de cultura: el sub-hombre merece trato subhumano, y su escaso valor corresponde al bajo precio de los frutos de su trabajo. El racismo legitima la rapiña colonial y neocolonial, todo a lo largo de los siglos y de los diversos niveles de sus humillaciones sucesivas. América Latina trata a sus indios como las grandes potencias tratan a América Latina. *** Gabriel René-Moreno fue el más prestigioso historiador boliviano del siglo pasado. Una de las universidades de Bolivia lleva su nombre en nuestros días. Este prócer de la cultura nacional creía que los indios son asnos, que generan mulos cuando se cruzan con la raza blanca. Él había pesado el cerebro indígena y el cerebro mestizo, que según su balanza pesaban entre cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de raza blanca, y por tanto los consideraba celularmente incapaces de concebir la libertad republicana.
El peruano Ricardo Palma, contemporáneo y colega de Gabriel René-Moreno, escribió que los indios son una raza abyecta y degenerada. Y el argentino Domingo Faustino Sarmiento elogiaba así la larga lucha de kis indios araucanos por su libertad: Son más indómitos, lo que quiere decir: animales más reacios, menos aptos para la Civilización y la asimilación europea.
El más feroz racismo de la historia latinoamericana se encuentra en las palabras de los intelectuales más célebres y celebrados de fines del siglo diecinueve y en los actos de los políticos liberales que fundaron el Estado moderno. A veces, ellos eran indios de origen, como Porfirio Díaz, autor de la modernización capitalista de México, que prohibió a los indios caminar por las calles principales y sentarse en las plazas públicas si no cambiaban los calzones de algodón por el pantalón europeo y los huaraches por zapatos.
Eran los tiempos de la articulación al mercado mundial regido por el Imperio Británico, y el desprecio científico por los indios otorgaba impunidad al robo de sus tierras y de sus brazos.
El mercado exigía café, pongamos el caso, y el café exigía más tierras y más brazos. Entonces, pongamos por caso, el presidente liberal de Guatemala, Justo Rufino Barrios, hombre de progreso, restablecía el trabajo forzado de la época colonial y regalaba a sus amigos tierras de indios y peones indios en cantidad. *** El racismo se expresa con más ciega ferocidad en países como Guatemala, donde los indios siguen siendo porfiada mayoría a pesar de las frecuentes oleadas exterminadoras.
En nuestros días, no hay mano de obra peor pagada: los indios mayas reciben 65 centavos de dólar por cortar un quintal de café o de algodón o una tonelada de caña. Los indios no pueden ni plantar maíz sin permiso militar y no pueden moverse sin permiso de trabajo. El ejército organiza el reclutamiento masivo de brazos para las siembras y cosechas de exportación. En las plantaciones, se usan pesticidas cincuenta veces más tóxicos que el máximo tolerable; la leche de las madres es la más contaminada del mundo occidental. Rigoberta Menchú: su hermano menor, Felipe, y su mejor amiga, María, murieron en la infancia, por causa de los pesticidas rociados desde las avionetas. Felipe murió trabajando en el café. María, en el algodón. A machete y bala, el ejército acabó después con todo el resto de la familia de Rigoberta y con todos los demás miembros de su comunidad. Ella sobrevivió para contarlo.
Con alegre impunidad, se reconoce oficialmente que han sido borradas del mapa 440 aldeas indígenas entre 1981 y 1983, a lo largo de una campaña de aniquilación más extensa, que asesinó o desapareció a muchos miles de hombres y de mujeres. La limpieza de la sierra, plan de tierra arrasada, cobró también las vidas de una incontable cantidad de niños. Los militares guatemaltecos tienen la certeza de que el vivio de la rebelión se transmite por los genes.
Una raza inferior, condenada al vicio y a la holgazanería, incapaz de orden y progreso, ¿merece mejor suerte? La violencia institucional, el terrorismo de Estado, se ocupa de despejar las dudas. Los conquistadores ya no usan caparazones de hierro, sino que visten uniformes de la guerra de Vietnam. Y no tienen piel blanca: son mestizos avergonzados de su sangre o indios enrolados a la fuerza y obligados a cometer crímenes que los suicidan. Guatemala desprecia a los indios, Guatemala se autodesprecia.
Esta raza inferior había descubierto la cifra cero, mil años antes de que los matemáticos europeos supieran que existía. Y habían conocido la edad del universo, con asombrosa precisión, mil años antes que los astrónomos de nuestro tiempo.
Los mayas siguen siendo viajeros del tiempo: ¿Qué es un hombre en el camino? Tiempo.
Ellos ignoraban que el tiempo es dinero, como nos reveló Henry Ford. El tiempo, fundador del espacio, les parece sagrado, como sagrados son su hija, la tierra, y su hijo, el ser humano: como la tierra, como la gente, el tiempo no se puede comprar ni vender. La Civilización sigue haciendo lo posible por sacarlos del error. *** ¿Civilización? La historia cambia según la voz que la cuenta. En América, en Europa o en cualquier otra parte. Lo que para los romanos fue la invasión de los bárbaros, para los alemanes fue la emigración al sur.
No es la voz de los indios la que ha contado, hasta ahora, la historia de América. En las vísperas de la conquista española, un profeta maya, que fue boca de los dioses, había anunciado: Al terminar la codicia, se desatará la cara, se desatarán las manos, se desatarán los pies del mundo. Y cuando se desate la boca, ¿qué dirá? ¿Qué dirá la otra voz, la jamás escuchada? Desde el punto de vista de los vencedores, que hasta ahora ha sido el punto de vista único, las costumbres de los indios han confirmado siempre su posesión demoníaca o su inferioridad biológica. Así fue desde los primeros tiempos de la vida colonial:
¿Se suicidan los indios de las islas del mar Caribe, por negarse al trabajo esclavo? Porque son holgazanes. ¿Andan desnudos, como si todo el cuerpo fuera cara? Porque los salvajes no tienen vergüenza. ¿Ignoran el derecho de propiedad, y comparten todo, y carecen de afán de rqueza? Porque son más parientes del mono que del hombre. ¿Se bañan con sospechosa frecuencia? Porque se parecen a los herejes de la secta de Mahoma, que bien arden en los fuegos de la Inquisición. ¿Jamás golpean a los niños, y los dejan andar libres? Porque son incapaces de castigo ni doctrina. ¿Creen en los sueños, y obedecen a sus voces? Por influencia de Satán o por pura estupidez. ¿Comen cuando tienen hambre, y no cuando es hora de comer? Porque son incapaces de dominar sus instintos. ¿Aman cuando sienten deseo? Porque el demonio los induce a repetir el pecado original. ¿Es libre la homosexualidad? ¿La virginidad no tiene importancia alguna? Porque viven en la antesala del infierno. *** En 1523, el cacique Nicaragua preguntó a los conquistadores: -Y al rey de ustedes, ¿quién lo eligió?
El cacique había sido elegido por los ancianos de las comunidades. ¿Había sido el rey de Castilla elegido por los ancianos de sus comunidades? La América precilombina era vasta y diversa, y contenía modos de democracia que Europa no supo ver, y que el mundo ignora todavía. Reducir la realidad indígena americana al despotismo de los emperadores incas, o a las prácticas sanguinarias de la dinastía azteca, equivale a reducir la realidad de la Europa renacentista a la tiranía de sus monarcas o a las siniestras ceremonias de la Inquisición.
En la tradición guaraní, por ejemplo, los caciques se eligen en asambleas de hombres y mujeres -y las asambleas los destituyen si no cumplen el mandato colectivo. En la tradición iroquesa, hombres y mujeres gobiernan en pie de igualdad. Los jefes son hombres; pero son las mujeres quienes los ponen y deponen y ellas tienen poder de decisión, desde el Consejo de Matronas, sobre muchos asuntos fundamentales de la confederación entera. Allá por el año 1600, cuando los hombres iroqueses se lanzaron a guerrear por su cuenta, las mujeres hicieron huelga de amores. Y al poco tiempo los hombres, obligados a dormir solos, se sometieron al gobierno compartido. *** En 1919, el jefe militar de Panamá en las islas de San Blas, anunció su triunfo: -Las indias kunas ya no vestirán molas, sino vestidos civilizados.
Y anunció que las indias nunca se pintarían la nariz sino las mejillas, como debe ser, y que nunca más llevarían aros en la nariz, sino en las orejas. Como debe ser.
Setenta años después de aquel canto de gallo, las indias kunas de nuestros días siguen luciendo sus aros de oro en la nariz pintada, y siguen vistiendo sus molas, hechas de muchas telas de colores que se cruzan con siempre asombrosa capacidad de imaginación y de belleza: visten sus molas en la vida y con ella se hunden en la tierra, cuando llega la muerte.
En 1989, en vísperas de la invasión norteamericana, el general Manuel Noriega aseguró que Panamá era un país respetuosos de los derechos humanos: -No somos una tribu -aseguró el general. *** Las técnicas arcaicas, en manos de las comunidades, habían hecho fértiles los desiertos en la cordillera de los Andes. Las tecnologías modernas, en manos del latifundio privado de exportación, están convirtiendo en desiertos las tierras fértiles en los Andes y en todas partes.
Resultaría absurdo retroceder cinco siglos en las técnicas de producción; pero no menos absurdo es ignorar las catástrofes de un sistema que exprime a los hombre y arrasa los bosques y viola la tierra y envenena los ríos para arrancar la mayor ganancia en el plazo menos. ¿No es absurdo sacrificar a la naturaleza y a la gente en los altares del mercado internacional? En ese absurdo vivimos; y lo aceptamos como si fuera nuestro único destino posible.
Las llamadas culturas primitivas resultan todavía peligrosas porque no han perdido el sentido común. Sentido común es también, por extensión natural, sentido comunitario. Si pertenece a todos el aire, ¿por qué ha de tener dueño la tierra? Si desde la tierra venimos, y hacia la tierra vamos, ¿acaso no nos mata cualquier crimen que contra la tierra se comete? La tierra es cuna y sepultura, madre y compañera. Se le ofrece el primer trago y el primer bocado; se le da descanso, se la protege de la erosión.
Es sistema desprecia lo que ignora, porque ignora lo que teme conocer. El racismo es también una máscara del miedo.
¿Qué sabemos de las culturas indígenas? Lo que nos han contado las películas del Fas West. Y de las culturas africanas, ¿qué sabemos? Lo que nos ha contado el profesor Tarzán, que nunca estuvo.
Dice un poeta del interior de Bahía: Primero me robaron del África. Después robaron el África de mi.
La memoria de América ha sido mutilada por el racismo. Seguimos actuando como si fuéramos hijos de Europa, y de nadie más. *** A fines del siglo pasado, un médico inglés, John Down, identificó el síndrome que hoy lleva su nombre. Él creyó que la alteración de los cromosomas implicaba un regreso a las razas inferiores, que generaba mongolian idiots, negroid idiots y aztec idiots.
Simultáneamente, un médico italiano, Cesare Lombrosos, atribuyó al criminal nato los rasgos físicos de los negros y de los indios. Por entonces, cobró base científica la sospecha de que los indios y los negros son proclives, por naturaleza, al crimen y a la debilidad mental. Los indios y los negros, tradicionales instrumentos de trabajo, vienen siendo también desde entonces, objetos de ciencia.
En la misma época de Lombroso y Down, un médico brasileño, Raimundo Nina Rodrigues, se puso a estudiar el problema negro. Nina Rodrigues, que era mulato, llegó a la conclusión de que la mezcla de sangres perpetúa los caracteres de las razas inferiores, y que por tanto la raza negra en el Brasil ha de constituir siempre uno de los factores de nuestra inferioridad como pueblo. Este médico psiquiatra fue el primer investigador de la cultura brasileña de origen africano. La estudió como caso clínico: las religiones negras, como patología; los trances, como manifestaciones de histeria.
Poco después, un médico argentino, el socialista José Ingenieros, escribió que los negros, oprobiosa escoria de la raza humana, están más próximos de los monos antropoides que de los blancos civilizados. Y para demostrar su irremediable inferioridad, Ingenieros comprobaba: Los negros no tienen ideas religiosas.
En realidad, las ideas religiosas habían atravesado la mar, junto a los esclavos, en los navíos negreros. Una prueba de obstinación de la dignidad humana: a las costas americanas solamente llegaron los dioses del amor y de la guerra. En cambio, los dioses de la fecundidad, que hubieran multiplicado las cosechas y los esclavos del amo, se cayeron al agua.
Los dioses peleones y enamorados que completaron la travesía, tuvieron que disfrazarse de santos blancos, para sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los millones de hombres y mujeres violentamente arrancados del África y vendidos como cosas. Ogum, dios del hierro, se hizo pasar por san Jorge o san Antonio o san Miguel, Shangó, con todos sus truenos y sus fuegos, se convirtió en santa Bárbara. Obatalá fue Jesucristo y Oshún, la divinidad de las agus dulces, fue la Virgen de la Candelaria...
Dioses prohibidos. En las colonias españolas y portuguesas y en todas ls demás: en las islas inglesas del Caribe, después de la abolición de la esclavitud se siguió prohibiendo tocar tambores o sonar vientos al modo africano, y se siguió penando con cárcel la simple tenencia de una imagen de cualquier dios africano. Dioses prohibidos, porque peligrosamente exaltan las pasiones humanas, y en ellas encarnan. Friedrich Nietzsche dijo una vez:
-Yo sólo podría creer en un dios que sepa danzar.
Como José Ingenieros, Nietzsche no conocía a los dioses africanos. Si los hubiera conocido, quizá hubiera creído en ellos. Y quizá hubiera cambiado algunas de sus ideas. José Ingenieros, quién sabe. *** La piel oscura delata incorregibles defectos de fábrica. Así, la tremenda desigualdad social, que es también racial, encuentra su coartada en las taras hereditarias.Lo había observado Humboldt hace doscientos años, y en toda América sigue siendo así: la pirámide de las clases sociales es oscura en la base y clara en la cúspide. En el Brasil, por ejemplo, la democracia raciasl consiste en que los más blancos están arriba y los más negros abajo. James Baldwin, sobre los negros en Estados Unidos:
-Cuando dejamos Mississipi y vinimos al Norte, no encontramos la libertad. Encontramos los peores lugares en el mercado de trabajo; y en ellos estamos todavía. *** Un indio del Norte argentino, Asunción Ontíveros Yulquila, evoca hoy el trauma que marcó su infancia: -Las personas buenas y lindas eran las que se parecían a Jesús y a la Virgen.
Pero mi padre y mi madre no se parecían para nada a las imágenes de Jesús y la Virgen María que yo veía en la iglesia de Abra Pampa.
La cara propia es un error de la naturaleza. La cultura propia, una prueba de ignorancia o una culpa que expiar. Civilizar es corregir. *** El fatalismo biológico, estigma de las razas inferiores congénitmente condenadas a la indolencia y a la violencia y a la miseria, no sólo nos impide ver las causas reales de nuestra desventura histórica. Además, el racismo nos impide conocer, o reconocer, ciertos valores fundamentales que las culturas despreciadas han podido milagrosamente perpetuar y que en ellas encarnan todavía, mal que bien, a pesar de los siglos de persecución, humillación y degradación. Esos valores fundamentales no son objetos de museo. Son factores de historia, imprescindibles para nuestra imprescindible invención de una América sin mandones ni mandados. Esos valores acusan al sistema que los niega. *** Hace algun tiempo, el sacerdote español Ignacio Ellacuría me dijo que le resultaba absurdo eso del Descubrimiento de América. El opresor es incapaz de descubrir, me dijo: -Es el oprimido el que descubre al opresor.
Él creía que el opresor ni siquiera puede descubrirse a sí mismo. La verdadera realidad del opresor sólo se puede ver desde el oprimido.
Ignacio Ellacuría fue acribillado a balazos, por creer en esa imperdonable capacidad de revelación y por compartir los riesgos de la fe en su poder de profecía. ¿Lo asesinaron los militares de El Salvador, o lo asesinó un sistema que no puede tolerar la mirada que lo delata?
Tomado de: Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno Editores, México, 1992. Ecoportal/Rebelion