viernes, 3 de febrero de 2017

GUATEMALA: CARTA ABIERTA A UN GENOCIDA MORIBUNDO.

Por Hugo Gordillo
General
José Efraín Ríos Montt.
Presente.
Despreciable general:
Me acabo de enterar que se aproxima al lecho de muerte. No sé cuánto le va a durar la vida; pero, créame, desde que empezó el juicio en su contra por genocidio, hago votos porque tenga una larga vida, como la que le desean los apologetas del crimen, que antes y después de muerto le seguirán lanzando hurras. Le cae bien una larga vida para que, día a día, desee estar muerto, a causa de tanta cita judicial, tanto supositorio y tanta pesadilla por sus sangrientas barbaries, que lo tienen con ojeras de cancerbero.

Aprovecho a escribirle ahora, porque no lo haré desde el día de su muerte, hasta que haya pasado, por lo menos un año, de su lamentable deceso. Es el mínimo respeto que debo tener por la memoria de cualquier difunto, como aprendió a respetar la humanidad desde que dio el salto a la civilización. Un respeto que atilas como usted no se merecen, si juzgamos que, a los familiares de sus miles de víctimas ni siquiera les dio la oportunidad de enterrarlos cristianamente.

Nada más vea la cantidad de cementerios clandestinos que le gritan en la cara: ¡fue usted general, fue usted! El último de esos camposantos, el de la Zona militar de Cobán, donde uno de sus pupilos, Ricardo Méndez Ruiz, cumplió con las órdenes. Así fue como se dio gusto golpeando, torturando, ejecutando hombres, mujeres, ancianos y recién nacidos comunistas, puestos a dormir en ese inframundo, en cuya superficie tronaban las botas de la soberbia y la impunidad.

No se preocupe. Siempre habrá quién intente acallar esas voces, como el oficial de inteligencia, hijo de su subordinado Méndez Ruiz, que creó una Fundación Terrorista, desde la que amenaza y acciona contra defensores de los derechos humanos, alentado por la resurrección del fascismo global, el apoyo logístico de la Asociación de Veteranos Militares Genocidas de Guatemala, AVEMILGUA, y el financiamiento del CACIF, que también financió los escuadrones de la muerte desde 1954.

Qué buena semilla nos dejó con los “oficiales jóvenes”, heraldos de su cruzada sanguinaria de valores: Otto Pérez Molina, su niño bonito que barrió el Triángulo Ixil; y Mauricio López Bonilla, su niño feo, segundo verbo del golpismo del 82, uno de los primeros militares que se empiernaron con guerrilleros en el negocio de la guerra y la violación de derechos humanos. Par de delincuentes que casi gozan, como usted, de impunidad: arresto militar en el vergonzoso Cuartel de Matamoros, donde torturaron y mataron a tantos cristianos.

Si es que algún día los tuvo, general, ¡dónde perdió la decencia y el don de gentes?, porque usted fue demócrata y cristiano. Quizás todo se fue al traste cuando rompió con los valores de la democracia y el cristianismo de nuevo testamento, para abrazar esa secta imperialista antiguo testamentaria, que lo convirtió en dictadorzuelo, en Herodes de República Bananera. Usted y su fanatismo hicieron ver como enanos a Estrada Cabrera, devoto de los envenenamientos, y a Ubico, devoto de la Ley Fuga y la virgen de Zapopán.
Mire cómo dejó este país con su prédica dominguera y su doctrina de quitarle el agua al pez. Envenenó los ríos y los lagos cuando debió procurar la multiplicación de los peces y los panes. Mire cómo los hijos y nietos de los otrora niños que no alcanzó a eliminar con fusiles y frijoles, hoy se mueren de hambre en cualquier paraje rural y de enfermedades prevenibles en cualquier barriada citadina. A Dios sea la gloria y a usted los honores militares, hijo predilecto del averno.


Mire cómo su seguridad anticomunista de metralla y tribunales de fuero especial tiene hasta hoy, sobre envalentonados a los poderosos por encima de un pueblo al que, día a día, le roban la dignidad entre la pared de la sobrevivencia y la espada de la corrupción. El pecado del comunismo no se absolvió con sus pecados capitales, como eso de matar en nombre de Jehová. Vea este pueblo acechado por la maras, reencarnación de sus hordas castrenses de casco hendido, que igualmente golpean al pobre, al humilde y al trabajador.

No se sienta mal porque, por lo menos, sus hijos siguieron sus pasos al pie de la letra: no mienten, no roban, no abusan. Ha de ser un orgullo para usted el proceso contra su hijo Enrique Ríos Sosa por el desfalco de 471 millones de quetzales en el Ejército, dinero del pueblo que fue a parar a cuentas de particulares. Y qué decir de su hija Zury, que, gracias a Dios, acabó con el FRG, su partido de la manita con sangre, cuando extorsionaba empresarios para el financiamiento de su campaña electoral.

Lo bueno es que, al igual que usted, su hijo Enrique, ese cobarde ladrón (por no decirle hueco) atrapado en el cuerpo de un militar y envuelto en las enaguas de su nana, continúa en la impunidad gracias al putrefacto sistema de justicia, al que su partido contribuyó a modelar. Lo mejor es que su hija Zury, ese militar atrapado en el cuerpo de una vieja, continúa en la política ofreciendo principios y valores con la garantía de que usted es el modelo de ciudadano y, su familia, el modelo de sociedad en Guatemala.

Para olvidarse del dolor de culo a causa de los supositorios, recuerde su mejor tiempo, que fue el de dictador. Por ejemplo, la masacre de 96 ixiles en la comunidad Estrella Polar, de Chajul, El Quiché, ocurrida el mismo día de su asunción. Recree a esos hombres inermes ejecutados en la Iglesia Católica, Mujeres asesinadas por sus emisarios en una casa cercana y a los soldados sacando los cadáveres durante dos días para tirarlos en un pozo seco. Diviértase un poco. Recordar es volver a vivir.


Si no le parece divertido, sepa que tampoco fue divertida la matanza, a martillazos, de doscientos ladinos en “Dos Erres” La Libertad, Petén. Recuerde que entonces la gente decía que usted estaba loco, mientras presumía de cuerdo. Hoy, para evadir a la justicia, usted dice que está loco y la gente presume que está cuerdo. ¡Pongámonos de acuerdo generalísimo y criminal, por la gracia de Dios! Le deseo una larga vida de sufrimiento. Ojalá fuera eterno, para resarcir, en parte, la sangre que ni todos los hematólogos del mundo han derramado nunca, como usted lo hizo en Guatemala.

Hugo Gordillo

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