sábado, 6 de diciembre de 2014

En defensa de las verduleras.

En defensa de las verduleras.

De “Acta” de Roque Dalton, “Defensa de la alegría” de Mario Benedetti, “Un mar de fueguitos” de Eduardo Galeano, “Urge soñar” de Manuel José Arce, y “Los nadies” de Eduardo Galeano, “La bala” de los Hermanos Flores, “Si no me falla el corazón” de Los Tigres del Norte, “Bonita finca de adobe” de Ramón Ayala, “Dos gotas de agua” de Chelo, “La cama de piedra” de Cuco Sánchez, “Te ves buena” de El General, “Flor de Capomo” de Los Cadetes de Linares. De “El baile de la botella” de José Luciano, “La negra tiene tumbao” de Celia Cruz y “Lambada” de Kaoma, llega a ustedes de nía Yoyis, “En defensa de las verduleras, la pura tos con flemas y un cuarto de Quetzalteca con ocho limones partidos en cruz.”
Llego al puesto de nía Yoyis a comprarme un mi atol de tres cocimientos y un mi pan con brijoles, ya que este frío en el norte me está comenzando a congelar el cubilete. Llevo la idea de sentarme a un costado de la hornilla, para entibiar la perseguidora que me agarra cuando la nostalgia por el ponche se abre camino entre las tormentas invernales. La encuentro moviendo el atol de elote y tratando que no se le hume la chilaca. El puesto como siempre lleno a reventar, los comensales felices con el sazón de nía Yoyis.
Tanto desprestigio a la boca de las verduleras últimamente que ha llegado a los alcances de aparecer en columnas de periódicos, dos que tres, -tirándole a cuatro- melodramas en horario estelar, bochinches de camionetas, manifestaciones nivel ¡aquí el que no brinque es chafa! y en tormentosos duelos de al gol la camisa y ha provocado huracanas levantazones de cincos, que desaparezcan trompos y monas y hasta el un dos tres chiviricuarta por mí y por mis amigos se ha visto envuelto en dimes y diretes, porque ahora es por mi culpa, por mi culpa, por mi retostada culpa; por mi ambiciosa culpa, por mi engomada culpa y por mi apática culpa. Se dice que hasta dejó de ser chiviricuarta porque sus amigos se fueron al teleférico del centro y la dejaron por culera.
Se comenta que hasta los Thundercats quieren conocer la boca de las verduleras, porque les contaron que son felinas. Dicen que Los Pitufos están abogando para que se realice el encuentro. Cuentan que El Llanero solitario las quiere apantallar y que Robin Hud quiere robarse a una de ellas. ¡Qué romántico! Que Romeo está pensando en dejar plantada a la Julieta para embriagarse de amor con cualquiera de las verduleras porque tienen fama de tener una boca encantadora.
Despertó mi curiosidad tanto alboroto y quiero indagar en la fila de catrines que esperan -¡la lotería!- para comprar su refa. Shute que es uno.
Con ese mi afán de cronista me dio por tantearlos, con mi atol en la mano y mi pan con brijoles a media mandíbula les pregunté: ¿ustedes qué piensan de la boca de nía Yoyis? Cometí el error de ser explícita, debí armar mejor la pregunta, pero como no soy periodista sino vendedora de helados, ya ni chapucearla era bueno. Aquello de componerla en el aire no se me dio, ya que tenía las manos ocupadas. Ya había lanzado el terronazo y no había manera de regresarlo. O de estirar más el hule para que la cáscara de naranja pegara justo en el punto y fuera contundente. Me resigno a masticar lentamente el pan que tengo atravesado en las jachas y a esperar las respuestas.
“Qué labios de frijoles,” –me dijo uno cuando le pregunté- ¿de frijoles? “Sí, de frijoles volteados.” Pasmada me le quedo mirando a los labios de nía Yoyis, es mulata garífuna. Me recuerda al hule de mi tía Aidé y al de mi tía Marina que son dos potrancas prietas, la pura vena garífuna de mi familia. Mi tía Aidé se lo heredó a mi primo “coyoludo” que lo tiene idéntico al de Johnny Laboriel –el hule-, pobres patojas, en cada beso les succiona hasta los mocos. Aquellos grandes candelabros que se ven hacerse puente entra la nariz de la succionada y el hule del succionador.
Las respuestas fueron de pura poesía erótica que ni la misma Anais Nin es sus textos malditos. Ya no necesité de irme a sentar a la orilla de la hornilla, comencé a ovular instantáneamente. Lo cual me hizo cambiar la opinión que tenía de los catrines afeitados y echo a andar mi imaginación; de frívolos pasaron a trovadores del barba cerrada y pelo en pecho. Bueno, les quito lo de trovadores pero por nada del mundo la barba y el pelo en pecho. También les quito lo de frívolos y se los cambio por cuerpo atlético y pelo cano. Ya medio toroleca con tanta humedad veraniega en pleno noviembre, le suplico a mi fantasía que los deje como están, así se ven hermosos.
Salieron también los pretendientes enamorados hasta el tuétano de la boca de las verduleras. Me atravesé como pude el pan con brijoles y puse el atol en mis tripas, para tener las manos desocupadas y poner atención a las historias de amor que ya comenzaban a despuntar como cogollos de flores de pito en medio de los palos de jiote. O como charas a las ocho de la noche en Navidad.
Un Quijote perdidamente enamorado de la vendedora de tomates, que diariamente pasaba a la salida del trabajo a comprarle una medida con tal de respirar el olor a sudor agrio de su Dulcinea.   Otro que contó que ya no podía más con el dolor de amor que le provocada el verbo de la vendedora de verduras del puesto de la esquina, que se quiso convertir en pez para tocar su nariz en su pecera.
Uno que recién estrenaba su corbata, enjuto debido a la vorágine de los desenfrenos de los delirios que ya lo tenían ardiendo en las fiebres de la Chikungunya, me contó que daría su fortuna a cambio de poder llevar su abeja al panal de la señora de la miscelánea. Me imaginé a la tísica abejita extraviada en el panalón de la doña. Quise desahuciarlo pero demás estaba, él sabía que su causa era perdida, porque la doña ya tenía su abeja reina. Con una palmadita en el hombro le dije que no dejara escaparse su utopía.
Y así, nos dieron las diez y las once, las doce y las una y las dos y las tres. A las cuatro pedimos otra refacción, me embroqué una escudilla con atol blanco y un tamal de cambray, y ellos continuaron con las historias de su amor a las verduleras y yo enamorándome de ellas. Como siempre, en mi vicio.
A las seis fui saliendo del puesto de la refa de nía Yoyis, le di un abrazo y me preguntó que cuándo iría a vender helados porque me tenía la esquina de su puesto apartada, le dije que en el momento menos pensado regreso a lo que mejor sé hacer en la vida.
En defensa de las verduleras no tengo que decir nada, nosotras no necesitamos defendernos de nada. Simple, porque nada ni nadie tiene los arrestos de venir a vernos a los ojos. Nos ven hacia abajo porque no pueden con la grandeza, las transparencia  y el amor del mercado que tiene los pies bien puestos en la alcantarilla.
Con este amor que me desborda el pecho, dedico este texto a todas las verduleras habidas y por haber. A esas bocas que saben gritar la verdad sin remilgos, la realidad que duele y la decencia del trabajo honrado. En especial a las verduleras del mercado La Terminal y el de Ciudad Peronia, que fueron, son y serán mi Alma Mater.  Con la reverencia de niña heladera.
Para quienes no lo sabían -o se hacen- , en el mercado no hay drama, desfalcos, apariencias, ni togas, en el mercado lo que sobra es dignidad para enfrentar la vida con honradez.
Posdata: si conoció o conoce a una verdulera, si alguna vez ha hecho fila para comprar una refacción, y si le nace,   comparta este texto, ¡y aquí el que no brinque es come mierda, que es lo mismo que chafa!  Disculpas, pero tenía que hacer alarde de mis dotes del léxico de mercado que me ando echando. Pecado fuera…
Ilka Oliva Corado.
Diciembre 06 de 2014.
Estados Unidos.

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