jueves, 2 de agosto de 2012

La Anécdota: Periodista Fafero


Con motivo de la fafa que ofreció un diputado por El Quiché a un reportero,
les envío una anécdota personal de mis tiempos mozos como periodista. 
Al igual que ahora, la anécdota de mi tiempo refleja la presencia
en el Congreso de una horda de ignorantes que no solo tienen
poder, sino que abusan de él.
¿Y saben cual es su defensa?: yo fui electo popularmente.
Ah desgracia.
Hugo Gordillo.

Periodista Fafero
A la corrupción en el periodismo le llamamos “fafa”, por si nadie lo sabía. Pues en tiempos de la última Asamblea Nacional Constituyente, así como había diputados que daban había periodistas que recibían.
A pesar de ello, creo que los faferos siempre fueron los menos, pero todos hablábamos en broma de esa práctica que, supongo, se puso históricamente en segundo lugar, después de la prostitución, o ambas fueron de la mano en las comunidades iniciales.
Una de esas bromas creo que la escuché del periodista Fernando Molina Nanini, quien decía: el tiempo está tan jodido que los periodistas ya no nos vendemos. Ahora nos alquilamos.
Pues en ese tipo de tertulias estábamos: viejos, sarazones y nuevos periodistas en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso, sentados en las gradas que dan al hemiciclo, cuando se apareció, nada más y nada menos que German Schell Montes, un diputado de Quetzaltenango que llegó a la Asamblea por el recién estrenado partido, Unión del Centro Nacional.
El parlamentario se nos acercó y, después de entrar a la plática, dijo:
- miren muchá, yo si ya estoy cansado de los periodistas diezpeseros. Ni siquiera he entrado
al edificio y ya me están esperando ahí unos dos colegas suyos, pidiéndome diez pesos para ir a quitarse la goma. ¿Qué es eso de echarse el trago antes de ir a trabajar?
German no se refería a gente que reporteaba y de repente se echaba los guaros, sino de guarosos que de repente escribían o que nunca escribían, pero igual se puede decir que eran compañeros nuestros.
Algunos le reclamaron, en broma, por qué les daba tan poco y que no fuera tacaño, o que mejor se fuera a echar el trago con ellos para no enojarse. En medio de la camaradería, el diputado se fue al pleno del parlamento y el grupo se disolvió. Los padres de la patria a discutir y hacer leyes inicuas y los periodistas hijos del pueblo al palco de prensa, para después hacer la crónica parlamentaria inocua.
Yo me encontraba cerca de una de las salidas del hemiciclo con la oreja pegada a una grabadora, escuchando una entrevista, cuando salió un diputado de por allá por el oriente que tenía fama de mago. Cuando pasó a la par mía sentí que me agarró de la bolsa del saco y sólo lo vi pasar para el baño.
Como puesto en sobreaviso, apagué el aparato, me metí la mano a la bolsa y sentí dos billetes.
Inmediatamente me fui detrás de él y lo alcancé en el baño para reclamarle.
Yo que me saco el dinero de la bolsa y le pregunto: ¿qué es esto?
No se ofenda, me dijo, usted es buena gente y eso es para que se compre una agüita. El tipo ya ni se quedó a orinar y se salió de inmediato.
Yo no sabía si reírme, enojarme, saltar al sanitario para que me tragara o morirme de algo ahí mismo. No fue tanto por la respuesta del diputado sino por lo que me saqué de la bolsa: un billete de un quetzal y el otro de cincuenta centavos. Justo lo que valía una agüita en ese tiempo.
Ya repuesto me fui al palco de prensa y le conté lo sucedido a un par de cuates que habían estado en la tertulia tempranera. Ellos se rieron a carcajadas e hicieron votos porque no lo fuera a saber Schell Montes; ya que posiblemente me iba agarrar a patadas o a incluirme en el grupo de los diezpeseros.

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