miércoles, 1 de octubre de 2014

El baile callejero del Día del Niño.


Cuando era niña recuerdo que  para el Día del Niño en la escuela era que nos hacían bulla las maestras, nos compraban pastel y nos reventaban una piñata. Era la felicidad lanzarnos sobre aquel tierrero y caerle encima a los dulces.  También era día de venta de helados, desahuciada le decía a mi mamá que: mama hoy es mi día necesito que me des feriado. Qué feriado ni qué  ni mierda, ya te me a alistar que tu hielera de helados te está esperando. En los días feriados era cuando más vendíamos y el Día del Niño no era la excepción. Me echaba cinco helados de más y me decía que si los vendía todos,  esos cinco eran mi ganancia, qué felicidad sentía quedarme con el dinero de cinco helados, ¡ganarme la lotería!  En ese tiempo los vendíamos a veinticinco centavos y mi mamá siempre nos daba cinco centavos por helado vendido para que aprendiéramos a ser independientes  con el dinero desde niñas. Por la tarde nos tocaba ir a vender al Destacamento Militar de la aldea,  pupusas de chicharrón y atoles, también nos daba cinco centavos por  venta.  “Porque así ustedes desde niñas aprenden  a mantenerse solas y para  que cuando se casen ningún hijo de la gran puta las vaya a maltratar y ustedes se tengan que quedar a su lado porque   no tengan cómo mantenerse solas , en ese mismo instante agarran y se van porque para eso las estoy haciendo mujercitas desde ahorita.”

 Lo mismo sucedía con las relaciones sexuales cuando nos bajó la sangre. “Yo no voy a andar atrás de ustedes,  ni me voy a meter a juzgar sus noviazgos –y nunca lo ha hecho-  porque las que van a vivir con el hombre son ustedes no yo, les doy la independencia ya saben lo que es bueno y malo y si abren las patas y quedan preñadas se van a desgraciar la vida, me dolerá en el alma pero habrá sido consecuencia de su decisión y la tienen que afrontar como mujercitas, y les daré la calle.

Lo que siempre le dolió y enfureció  fue que nunca le llevé novio a presentar –solo una vez-  porque nunca fui de andar en formalidades ni de seguir normas, pero eso sí, de mi propia boca le decía, “ando con el hijo de doña fulana, te lo digo con mi boca para que no te sorprendás cuando te lo digan las vecinas.” ¿Ando, cómo así andás? ¿Andás de novia, de amante, en detalladeras, o de qué putas? Ando de todo. ¡Hija de la gran puta! Pues sí, no de una puta cualquiera mama, soy una hija de la gran puta, orgullosa sentíte. Me daba un chipotazo en la boca. ¡Cómo si yo te enseñara a tener trompota de coche! Nunca lloré cuando me pegó, ni una sola vez y eso la fastidiaba tanto. ¡Llorá te digo! ¡No quiero! ¡Qué llorés o te malmato a  palo!  Malmatáme pero no lloro. ¿Por qué? Por que no se me da la gana llorar. Y así fui siempre, me mordía los labios  y no lloraba,  no delante de ella pero sí con mis cabritas y mis marranos cuando los iba a pastear. Lo que sí es que me agarraba la cabeza contra la pared enfrente de ella y de toda la familia y nadie se metía, me dejaban  hasta que me cansara, y agarraba el ruedo de mi playera y lo mordía con todas mis fuerzas y también con todas mis fuerzas daba las trompadas cuando me peleaba con los patojos en la calle.
Los dolores y las alegrías me los he tragado,  lo de llorar sucedió escribiendo; fueron las letras mi desahogo y el brebaje.


Lo que sí me permitía ese día –Día del Niño- después de haber terminado los oficios domésticos era salir a potranquear con los patojos, otra felicidad incontenible  la de jugar pelota con ellos, terminábamos  el día recogiendo carteritas de fósforos en el basurero de la arada y con las mismas jugando naipe, ése era nuestro naipe en la infancia ya en la adolescencia aquellos se consiguieron uno que tenía fotografías de mujeres desnudas, no me cayó en gracia va pero le hice gancho, aquellos a cada rato comparando los melones  de las modelos con los nances que yo tenía estampados en el pecho, pero me tocó aguantarme la jodedera,  gajes del oficio al ser la única mujer entre la manada, pero peor les iba a ellos cuando salían los pósteres de los jugadores del Mundial de Fútbol.


El día del Niño tampoco existió para mi mamá ni para mi papá, mucho  menos para mis abuelos y no creo que para Mamita  y mis  bisabuelos tampoco. Si a mí me tocó pararme en un pié y sacar fibra a ellos les tocó volverse adultos cuando apenas despertaban a la infancia. La edad mental de mis papás  calculo que  no pasa de catorce años, se quedaron en la adolescencia, tengo papás que piensan y actúan como adolescentes, creo que  ha sido su forma de resistir  y de desquiciar  a todo lo que les tocó vivir de niños. Y comprendo  muy bien lo que sienten porque es lo mismo que siento yo, no quiero crecer.

Tengo un recuerdo imborrable en mi vida, es el de una tarde que llegó mi mamá con  el único regalo del Día del Niño, llevaba una balón de baloncesto y con aquella alegría de niña  nos lo dio,   pero primero se puso a rebotarlo en el patio de la casa, corría alrededor del estanque de agua y llegaba hasta el chiquero y de ahí regresaba y topaba en el tapial  adobe y le daba de regreso rebotando la pelota y saltando, y reía a carcajadas, corrí para jugar con ella y por primera vez en mi vida vi a mi mamá convertirse en niña, en una niña viviendo un instante de felicidad desmedida. Agarré una cubeta plástica y le dije que ésa era la canasta y ahí tenía que meter el balón, y corríamos las dos como desquiciadas, sudamos aquella tarde y reímos sin parar. Yo comprendí que el regalo era para ella, porque mi hermana no era de deportes, los cumes estaban en pañales y yo que era de fútbol. Mi mamá había soñado con jugar baloncesto pero mis abuelos no se lo permitieron porque eran demasiadas las responsabilidades de la casa. El pretexto fuimos nosotras pero ese regalo del día del niño era para ella y me alegró tanto que comprara ese balón, es una de las pocas ocasiones en que he sentido una conexión profunda con ella, porque sé de la carencia y de la alegría de practicar La Pasión.

Para cuando adolescentes el segundo y último  regalo que nos dio  y jamás volvimos a ver uno más fue para Navidad, no somos de dar regalos esas bullas no van con nuestro clan, pero en aquella ocasión mi mamá llegó dos días antes de navidad y  sacó de su bolsa dos regalos y le dio uno a mi hermana mayor y otro a mí, en la casa ni para los cumpleaños damos regalos,  lo vemos como poca cosa lo  importante siempre ha sido la convivencia y el tradicional caldo de gallina, los chistes y las historias de cuando nacimos que cuentan los papás y los  abuelos. Empiezan desde que los asoleados eran novios y de cómo se arrejuntaron o se casaron, los que se fueron juídos y de cómo las preñadas  parieron en el pueblo una y en el hospital las otras, escucharlos es una felicidad incomparable porque lo narran con aquel su léxico pueblerino al estilo Zacapa y Jutiapa.  ¡Va pué oh!

Llegó mi mamá con los dos  regalos y sorprendidas los recibimos, eran dos sostenes, uno para cada una, nos dijo que los había comprado en oferta, fueron nuestros primeros sostenes, porque  ya habíamos pasado la edad los nances y estábamos en la de los limones mandarina  y no había modo que usando dos playeras cubrieran los picos de volcán que asomaban, ¡nuestros primeros sostenes! ¡Fui la futbolista más feliz del mundo! Instantes que son imborrables, mi mamá lloraba de felicidad cuando nos los vio puestos, porque ella tuvo sostén hasta  bien pasados los años de la bulla de la adolescencia, el dinero nunca alcanzó para esas insignificancias de pubertad ni del desarrollo.


Por la noche  con los patojos jugábamos arranca cebolla, tenta, policías y ladrones y nos íbamos a dar una vuelta a la colonia aplanando calles, la marita inseparable y nos juntábamos con los huele pega, con los moteros y con que se inyectaban de todo. Si para los de mi cuadra la infancia fue ocre, la de los que vivían en los asentamientos fue oscura y ensombrecida, el eterno acoso de los lotificadores que llegaban con la policía a intentar desalojarlos. Medio construían una galera para reuniones comunitarias y que servía como capilla a donde el padre llegaba a dar misa los domingos, y la policía llegaba y se las volvía leña.

Los querían fuera, y no había cupo en la escuela ni en colegios, Ciudad Peronia se sobre pobló, las marimbitas de niños regados por todos lados, filas por aquí y por allá. Se propagaron quienes recogían basura y la iban a tirar al barranco del mercado, los que rajaban y cargaban leña, los repartidores de gas propano, los que limpiaban el mercado, los que lavaban los autobuses, los que se quedaban a deshoras relatando la dureza de la periferia. Los que se quedaban hasta horas de la madrugada esperando a sus papás que llegaban caminando porque los había dejado el último bus.

Los que madrugaban acompañando a sus papás que vendían jugos  y desayunos en las pasarelas de la capital.
Las que andaban con sus hermanos envueltos en perrajes y colgados de la espalda. Las niñas embarazadas que fueron abusadas por pilotos de autobús en una compra y venta autorizada por sus mamás. Las que eran hijas de trabajadoras sexuales y que corrieron con la misma suerte antes de la edad de la primera sangre.

Las abusadas por sus hermanos, padres y abuelos. Las que fueron abusadas por vecinos o dadas a cambio de una disculpa en afrenta de maras. A las que les pasaron encima las maras completas. La que se entregaron a las maras por amor, las que murieron por amor. Las que se drogaron por amor, desolación y renuncia.

Los hijos de los migrantes indocumentados que ese día recibían un regalo, los hijos de los que se fueron de mojados y nunca más se supo de ellos, los hijos de los que trabajaban en Caminos que veían a sus padres una vez al mes, como yo con el mío que era piloto de cabezal.

Todos nos juntábamos en el baile callejero del día del niño. Las edades eran lo de menos, niños y adolescentes por igual bailando como culebras recién macheteadas. Pasando las botellas de licor de boca en boca, tomando el mismo vaso, arrinconándonos por donde nos agarrara la  fiebre, unos con su bolsa de pegamento en la mano, otros con sus cigarros de tusa y papel, unos recién inyectados o por inyectarse.  El día del niño se rompía una piñata y nos despeltrábamos las rodillas y los codos recogiendo los dulces en la calle.  Era nuestro día y el licor lo invitaban los adolescentes más diestros en el arte de pedir fiado en las dos cantinas de la colonia. Éramos las putas y los drogos. Así nos veían pero éramos más que eso, éramos niños y adolescentes de arrabal, celebrando a nuestra manera y con nuestros propios medios el día del día.  Cuando llegué a  la adolescencia cambiamos muchas cosas, antes del baile callejero organizábamos carreras de encostalados, una cuadrangular de fútbol masculina y femenina, los trofeos los donaban los vendedores del mercado.  Quedaba prohibido llevar armas de fuego y corto punzantes y cualquier pelea se tenía que llevar a cabo a puño limpio y más cuando se trataba de batalles campales, nada de andar destartalando bocinas y mucho menos reventar botellas de cerveza en la cabeza.

Barríamos la calle en la madrugada antes de irnos a trabajar y la pintábamos con cal y colocábamos adornos de nailon.  Era nuestro día del niño organizado por nosotros mismos. Las mamás más emprendedoras se caían con los panes con frijoles y cuando teníamos suerte panes con pollo. Los papás se caían con los dulces y los más charas con las botellas de licor.

Era el día nuestro, de los eternos niños de periferia.  La vida tiene sus recovecos y en la periferia hay que intentar franquearlos, a como se pueda para que el declive no nos robe la única alegría de ser niños a pesar de los pesares;  con mota, huele pega, inyecciones y  licor, para tratar de sobrellevar   la vorágine del olvido y exclusión.  No culpo para nada la infancia y adolescencia que se pudre en las cárceles, la mara es el único refugio cuando la  realidad es infernal y se pierde la noción de los límites, el desamor  y la decepción son abismos profundos.

Quimérico es pensar en que un día la infancia sea un jardín en flor,  pero es la esperanza  la que embellece el verde encendido en el zacatal. Porque un día será.

Con reverencia  a los niños que habitan el inframundo. Qué la jornada les sea leve, qué la vida no les sea injusta.



Ilka Oliva Corado.
Octubre 01 de 2014.
Estados Unidos.



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