martes, 20 de mayo de 2014

La mirada de la fiscal Claudia Paz y Paz.

(Foto: Instagram Carlos Dada)
La mirada de  la fiscal Claudia Paz y Paz.

Hoy 20 de mayo Claudia Paz y Paz ya no es la Fiscal General de Guatemala, su gestión terminó el viernes 16,  sin embargo en mi corazón de barrio siempre la recordaré como La Fiscal.  Pasarán muchos por la misma silla, llegarán a ese escritorio con la vida vendida al  mejor postor, obedientes  a la voz de mando del amo, se arrastrarán entre la inmundicia de la deshonra  para darle continuidad a la impunidad e  injusticia.

Serán llamados fiscales, simples gendarmes del absolutismo. Ruines que a cambio de una limosna económica y espejismo de poder venderán a su pueblo, seguirán derramando sangre de personas inocentes para cortar de raíz la identidad e eliminarán cuanta evidencia  y cuanta voz intente proclamarse en pro de la memoria histórica y  la honestidad. Algunos lo harán de propia mano, otros con una orden, la mayoría tergiversando las leyes y utilizando el poder de la silla para cumplir los caprichos de quienes  han convertido a Guatemala en una enorme fosa clandestina.

Simples centinelas del poder corrupto, avaros escudados en un título de universidad, togados que insultan y avergüenzan la privilegiada educación superior. Dejar lo más por lo menos: la dignidad a cambio  de dinero y la decencia por una fotografía al lado del patrón.


Con La Fiscal, el Ministerio Público  de Guatemala vio momentáneamente la luz del día, después de haber pasado décadas enterrado en una de las tantas fosas clandestinas  -lugar al que ha vuelto después del 16 de mayo-. No la conozco en persona, jamás he cruzado palabra con ella,  me separan miles de kilómetros de mi natal Guatemala pero hasta aquí, hasta este establo lleno a reventar de indocumentados, llega su luz interior.  Certeza y cabalidad que irradian en su mirada.

La convicción y la permanencia de un ser humano justo, equitativo, leal y noble se encuentran en sus ojos: cansados, decentes y con una rareza de infancia que dejan ver a la niña que asoma en el umbral, para acariciar la vida, para nombrarla libertad.


Con ella sucede lo que con pocas personas  en cargos públicos, asaltan las ganas de llamarla simplemente por su nombre, como en El Sur –de mis amores-   Cristina, Lula, Evo, Pepe, Rafael, como en Cuba al legendario Fidel. Como al inmortal Hugo Chávez.  A ella da gusto decirle Claudia, como si hubiera crecido en la misma cuadra de arrabal, en la misma parcela de la Tierra Arrasada. En el mismo campo de refugiados en Chiapas. Es porque se ganó a pulso, el respeto de quienes sabemos que dio un giro a la historia de impunidad que ha empañado este país durante décadas, única con el valor y la responsabilidad que da tener memoria histórica, que se atrevió a llevar a juicio al dictador y genocida Efraín Ríos Montt.

Alguien dirá, “que sea la historia quien la juzgue”. No esperemos a que sea la historia la que le diga que hizo un excelente trabajo  y esto si la dejan que hable con la verdad porque si sigue así mal contada y manipulada, la historia seguirá diciendo que en Guatemala no hubo genocidio.

El día 16 de mayo La Fiscal salió por la puerta grande del edificio del Ministerio Público, afuera la esperaban cientos de personas y una alfombra de pino, docenas de claveles rojos, girasoles, gladiolos y vítores. Aclamaban a La Fiscal de la Honra. Bajó lentamente entre la multitud que coreaba su nombre y la aplaudía, no se daba abasto recibiendo flores, abrazos, escuchando palabras de gratitud, entre periodistas, reporteros, fotógrafos, defensores de Derechos Humanos caminaba la Mujerona con sus colochos hermosos, con su mirada desnuda, con su sonrisa de niña, con su alma de adolescente y mujer.

Decía tanto su mirada que a miles de kilómetros de distancia erizó mi piel y aguó mis ojos migrantes, y hoy hace que mis manos de arrabal le escriban estas palabras que nacen de los más sublime de un corazón agradecido. ¿Qué hizo por mí? Hizo que confiara momentáneamente en la justicia de mi país, devolvió la palabra capaz de enfrentar con dignidad  a la soberbia de unos cuantos. Demostró que la justicia en Guatemala tiene rostro, voz y entereza de mujer. Demostró que no todo estaba perdido. Recogió las cenizas y las volvió justicia. Caminó entre zarzas y aunque salió cortada no se detuvo y continuó hasta al último minutos en la búsqueda de la equidad.
Le dicen comunista, tratando de deshonrarla cuando el comunismo, el socialismo  y el anarquismo son sinónimos de equidad. ¿Qué esperaban que fuera? ¿Una traicionera? ¿Una vende patrias? ¿Una avara? ¿Una camisa blanca? Le dicen roja, tratando de desacreditarla, ¿qué más cumplido que  ese? Si la sangre que nos mantiene vivos es de color rojo. Si la lava que hace despertar los volcanes es de rojo color flor de fuego.

¿Qué esperaban que fuera? ¿Una rastrera? ¿Una lambiscona? No jodan.

Qué más honra que salir por la puerta grande y tener la tranquilidad de haber hecho el trabajo  y demostrado que la tarea no le quedó grande.
Guatemala es el país de la perpetua impunidad  y por el Ministerio Público han desfilado los traicioneros más infames de la historia del país pues han vendido la dignidad a cualquiera que les muestre un centavo.  Pero también por el Ministerio Público pasó una Mujerona que dejó su huella y que por más que intenten borrarla no podrán, porque su extraordinaria hazaña pasará de generación en generación, quienes tenemos memoria histórica, dignidad y sed de justicia le agradecemos su excepcional aporte en este camino tan lleno de usureros.

Bajó grada por grada y las personas  la vitoreaban, le entregaban flores, la celebraban, le agradecían, y ella caminaba entre la multitud, con su mirada despojada de toda presunción, son su sonrisa de cipota, con la  delicadeza y la serenidad de quien sabe que hizo lo propio y lo imposible.
Tenía en su mirada el brillo de los ojos de los desaparecidos, los masacrados, los torturados, tenía en su mirada el grito sonoro de los que desde las fosas clandestinas en eco de aguacero de mayo le agradecían.  Escrito en el candil de sus pupilas los miles de nombres que la impunidad se niega a mencionar.

En el umbral de su mirada asomaban los rostros  de las mujeres a las que ella les hijo justicia con la ley en la mano, la manos tiernas de las crías que están por nacer. Los labios cantores de la juventud que no duerme.
Caminó sobre la alfombra de pino y recibió las flores entregadas con amor y escuchó las voces coreando su nombre, ¡Claudia, Claudia, Claudia!
Eco que yo escuché hasta aquí  y se me aguaron los ojos cuando vi en su mirada la certeza de quien es culta para servir. Qué privilegio ha tenido la educación superior  de contar entre sus dignas hijas a una niña de mirada de montañas lozanas, las que aunque arrasadas siempre tendrán la insurrección de reverdecer.
Y tenía gladiolos blancos, claveles rojos, y girasoles en sus manos y en su mirada la grandeza de la humildad.


Ilka Oliva Corado.
Mayo 20 de 2014.

Estados Unidos.

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