martes, 25 de marzo de 2014

Más que cenizas en La Terminal.


Solo quien ha sido y es vendedor, vendedora de mercado sabe el dolor que están sintiendo las personas que tenían sus locales en La Terminal y que se convirtieron en ceniza. Dolor agrio que se vive en la invisibilidad de un sistema y de una sociedad de mierda. El resto podrá criticar el proceder de los bomberos, de la mala organización, de la falta de agua, del mal gobierno. Podrá decir que  lamenta mucho lo que está sucediendo. Que pobre gente, que ojalá se recupere pronto. Que Dios los cuida. Que sabrán salir adelante.  Los racistas y clasistas podrán maldecir que las llamas no consumieran el mercado en su totalidad. Pero el dolor, el dolor crudo solo lo siente quien ha visto pasar la vida desde un puesto de mercado.

No es la primera vez que se incendia –o que provocan los incendios- La Terminal,  he visto arder en llamas a ese mercado en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, lo vi de niña, de adolescente y mujer. Lo sigo viendo como la heladera que soy y mi sentimiento es de vendedora de mercado, no puede ser otro. Mi sentir es el mismo de quienes le roban horas al día para buscarse el sustento en el vaivén de un mercado. La Terminal de mis avatares, cuánta historia y cuánta esencia esconden sus pasillos, interminables  vivencias de gente que se atreve a enfrentar la adversidad en un país tan descabal.

No sé cuántas veces me han dicho en mi vida que tengo boca de vendedora de mercado y lejos de ofender me honran:  porque no tengo solo la  boca, también  el cansancio, el hambre, el desasosiego, la frustración, la urgencia, el contratiempo tocando a mi puerta. Tengo mis hombros exhaustos, mis lágrimas secas y el ímpetu de no agachar la mirada y continuar de frente desafiando la inequidad. Porque ésa es mi realidad,  porque soy mercado, porque eso es el mercado, porque imperceptible a los ojos de quien no sabe –o no quiere- mirar, viven miles que también se atreven a soñar. La mujer que escribe estas letras fue, es y será vendedora de mercado.

El mercado tiene su propia atmósfera, única, sui géneris.  Una cosmovisión que pocos entienden y perciben. Se puede ver la solidaridad humana en toda su expresión  en un mercado, ahí nadie está por encima de nadie,  nadie se queda sin comer, ahí sobran hombros y lealtad. Sobra la valentía.  Si alguien cae hay diez pares de manos ayudándole  a que se levante. Si alguien  no tiene para el pasaje ni  qué decirlo , siempre hay alguien que le ofrece lo de su almuerzo  del día siguiente para que  suba en ese autobús y vaya donde tenga que ir sin preguntarle para cuándo lo devuelve.

Cuánto le debo yo al mercado. Cuánto a las personas que le dan vida. En el mercado La Terminal mi papá trabajó de cargador de bultos cuando recién llegamos a vivir a la capital, La Terminal me vio de  transformarme de niña  a mujer,  todos los lunes a las cinco de la mañana ya estaba adentrándome en sus corredores, buscando la fruta para hacer los helados. Conozco ese mercado como la palma de mi mano.  Inicié cuando tenía 8 años de edad, iba sola con mi costal de manta y fue el último mercado que caminé antes de emigrar. No podía irme de mi país sin despedirme de una de mis querencias más añejas. Le debo mi fascinación por las líneas de tren a la ferrovía que lo atraviesa. Al igual que ellos mis días comenzaban a las tres de la mañana y terminaban a las doce de la noche.

Ese mercado donde no solo fui a comprar sino donde aprendí de su singular proeza, donde desde niña conocí el esfuerzo de miles que despiertan el día antes de que el gallo cante. Pluricultural, multilingüe y multiétnica así es  La Terminal.

Es injusto y desconsiderado que alguien se atreva a tildar de culpables a los y las vendedoras de ese mercado por el incendio que bomberos sin los recursos necesarios no pueden apagar, culpable es esta sociedad miope, que cuando habla es para criticar no para ser parte del cambio. Culpable es este sistema que a los ricos los hace más ricos y a los pobres más pobres.

Cuánto cuesta en los hombros de un vendedor, vendedora  de mercado poder proveer de techo, alimento y educación formal a una cría, a sus crías. Cuánto cuesta evadir las miradas que calumnian, señalan, enjuician, desacreditan el esfuerzo íntegro de quien tiene que buscar debajo de las piedras  las herramientas para sobrevivir porque diariamente le son arrebatas.

No es un solo un incendio que se llevó las cosas materiales, no. Es un incendio que se llevó el esfuerzo de vidas enteras trabajando  a deshoras, ahí donde quienes venden en su mayoría son migrantes que buscaron sustento en la capital y que abandonaron sus terruños. La mayoría analfabeta pero con una dignidad que hace temblar a cualquier egresado de universidad.

Se podrá realizar un análisis profundo de esos que entregan impresos los gobiernos, la gente que sabe de sociología, antropología, inclusive  psicología, medicina también, haciendo un recuento de los daños materiales y resabios  emocionales entre los afectados y atreviéndose a recomendar tales o cuales procedimientos para prevenir o para lidiar.

Pero nadie absolutamente nadie que no haya vendido  en un mercado por más conciencia que tenga, podrá jamás sentir el dolor y la desolación que están viviendo esas familias en este momento ni los tiempos que están por llegar. Nadie que no haya crecido ni vivido en la invisibilidad. Característica especial de quien vende en  un mercado es que solo los mismos vendedores conocen sus nombres reales , porque si es mujer esta sociedad clasista y racista la llama María y la trata de vos y si es hombre lo llama Juan y lo trata de vos, eso cuando le quiere poner un nombre de lo contrario lo llama por el producto que vende. Yo vendía helados y me dicen hasta el día de hoy heladera, pocas personas saben mi nombre.

Pocas personas de las que ya están realizando un análisis del incendio sea como tema de conversación a la hora de la refacción, en la parada de bus, a la hora del almuerzo, o como parte de su trabajo, han pensado en las y los vendedores del mercado La Terminal como personas que tienen un nombre, una vida, una ilusión. Si acaso se estará pensando como un conglomerado de “pobre gente pero es necia porque no se sale de ahí” “saben que no hay seguridad, ni agua, ni infraestructura” “eso les pasa por querer estar ahí amontonados”.

Por supuesto que  lo soñado es que ese mercado no esté en las circunstancias en que ha sobrevivido durante décadas, no solo ese sino todos los mercados de Guatemala que tiene características en común. Mi letra de hoy no es para hablar del sistema ni de esta sociedad.  ¿Qué traerá el mañana para quien hoy amaneció con su sustento vuelto cenizas? ¿Quién que hoy critica les dará de vuelta su puesto de mercado?
Nadie, absolutamente nadie.  Pero aun así saldrán adelante porque lo han hecho toda la vida por generaciones enteras, si de algo saben es de adversidad. Para hablar de un hombre o de una mujer de mercado hay que lavarse la boca con arenilla roja y piedra poma. No cualquiera tiene la honra de enfrentar honestamente tanta inequidad.

 Mi letra de hoy es el dolor invisible e incuestionable que solo sentimos quienes hemos visto pasar la vida en un puesto de mercado.  Mi letra de hoy es para las Marías y Juanes  habidos y por haber en los mercados del mundo entero.  Porque Marías y Juanes soy yo.
Porque de las cenizas resurgirán en retoño de encinales, porque la raíz tiene de nombre: dignidad. A ustedes mi letra, mi amor y mi lealtad siempre.

Ilka Oliva Corado.
Marzo 25 de 2014.
Estados Unidos.



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