Edgar Rosales | Política y sociedad / DEMOCRACIA VERTEBRAL
Pues, sí. Tengo que admitirlo abiertamente: mi corazón palpita muy fuerte cada vez que la escucho, tal como ocurría en aquellos tiempos del cortejo juvenil a las chicas de entonces. Y después de escucharla, mi ser se transforma hasta recobrar la fe en la humanidad… bueno, en una parte de ella. Y entonces, sin remedio, lo confieso sin ambages: te amo, Claudia.
Pero no es un amor tradicional. En un mundo sediento de liderazgos auténticos, la figura de Claudia Sheinbaum, presidenta de México, se erige no solo como un referente político, sino como un motivo de admiración y un ejemplo inspirador para hombres y mujeres de todo el planeta. Verla gobernar es asistir al triunfo de la dignidad, la congruencia y el amor por su pueblo, en una gestión que combina la rigurosidad científica con una inquebrantable sensibilidad humana. Así, Sheinbaum es el espejo donde deberíamos mirarnos los demócratas, siempre afanados en rescatar a nuestras sociedades del colapso.
Escribir acerca de Claudia es celebrar la templanza. Con firmeza en la defensa de la soberanía mexicana, ha demostrado que el patriotismo no pelea con la paz. Y así, evidencia también que sentarse con cualquier actor político no significa claudicar; al contrario: ha demostrado cómo se puede dialogar desde una posición de dignidad política inquebrantable.
Y escribir sobre Claudia también es celebrar un hito que estremece la historia. Su llegada al poder como la primera presidenta mujer en más de dos siglos de vida independiente en México, es un logro que no solo significa un triunfo político, sino un acto de justicia para millones de mujeres que por generaciones han sido invisibilizadas. Además, Claudia no llegó sola: con ella llegaron las ancestras, las madres, las hijas y las trabajadoras. Su ascenso rompió techos de cristal y esquemas machistas, demostrando que las mujeres pueden liderar las grandes transformaciones con una inteligencia brillante, una sensibilidad humana desbordante y una fuerza inalterable.
Su valentía me emociona. No le ha temblado la voz para denunciar pública y abiertamente a esos emporios corruptos que durante décadas sangraron al Estado mexicano, arrebatando el futuro del que hoy estarían disfrutando las generaciones actuales. Con una elegancia que desarma, ha resistido de pie y con el alma intacta, la lluvia constante de ataques y descalificaciones proveniente de una oposición ciega y, por supuesto, de una derecha ultraconservadora que, atrapada en su propio eco, se niega a aceptar la realidad de un México visiblemente mejor.
Y esto no debe extrañar: a todo gobierno de tendencia ligeramente socialista se le intenta siempre desprestigiar con los desgastados sambenitos de toda la vida. Por ello, resulta hipócrita la avalancha fascista, cuando los números nos dejan evidencias demoledoras: durante el régimen de Sheinbaum, México se ha colocado entre los 10 países con mayor atracción de inversión extranjera directa, alcanzando cifras superiores a los 35 000 millones de dólares semestrales. ¡Cualquier libertaroide chapín babearía ante semejante resultado!
Y no es lo único: la tasa de desempleo se ha mantenido en torno al 2.7 %, posicionando al país vecino como uno de los que ha alcanzado mejor desempeño en este rubro. Y cómo no sorprenderse ante el hecho irrefutable de que México ocupe el primer lugar en cuanto al incremento del salario mínimo real desde 2018.
Para vergüenza de Donald Trump y sus feroces políticas arancelarias, el intercambio comercial con Estados Unidos ha alcanzado cifras récord, superando los 830 000 millones de dólares, consolidándose como… ¡principal socio comercial de los gringos! Y, por otro lado, no se puede ignorar los impresionantes resultados de su política social: alrededor de 43 millones de personas reciben algún tipo de transferencia directa del Estado, lo cual representa un certero ataque a la pobreza y un alivio inmediato para las familias de menores ingresos.
Por otro lado, su integridad es de una sola pieza. Claudia ha tenido la entereza de señalar y denunciar las malas prácticas incluso dentro de sus propias filas políticas; un estándar ético casi inexistente en el panorama de cualquier otro país.
Y así, mientras México camina hacia el futuro gracias a la visionaria y coherente Claudia Sheinbaum, resulta una dolorosa paradoja volver la mirada hacia nuestra irredenta Guatemala. Aquí, la supuesta clase, mal llamada política, con su estilo aldeano y mediocre, dobla la rodilla fascinada ante el espejismo del dictador ─cada vez menos solapado─, el guanaco Nayib Bukele.
¡Cuánta ceguera la de nuestros aspirantes a gobernantes, que prefieren aplaudir el autoritarismo, cuando tienen un ejemplo incomparable en la mandataria del país norteño, quien ha demostrado que se puede ser implacable contra el crimen y la corrupción sin dejar de ser profundamente democrática, efectiva, eficiente y transparente!
Es hora de que en Guatemala despertemos del letargo. No podemos seguir aceptando que nos gobierne la mediocridad entreguista ni que nos deslumbren los falsos mesías de mano dura. El ejemplo de Sheinbaum debiera ser el catalizador para que nuestra ciudadanía exija un cambio verdadero: liderazgos con igual decencia, valentía y amor por el pueblo. Mirémonos en el espejo de dignidad que México nos ofrece y empecemos, desde hoy, a construir la Guatemala libre, honesta y soberana que tanto nos merecemos.
Por todo esto, con el pecho abierto y rendido ante el altar de la historia, confieso y declaro mi amor por Claudia. Este mío no es un romance común, de los que se alimentan con las promesas efímeras de los enamorados tradicionales. Es un idilio que se nutre día con día de la fuerza de sus acciones, con el fuego de su ejemplo inquebrantable y la arquitectura de ese futuro más justo que, con manos de mujer y alma de pueblo, ella levanta piedra por piedra ante los ojos del mundo.
Por eso y por mucho más; por lo que todavía está por venir para los hermanos del Norte: ¡te entrego mi amor, Claudia Sheinbaum!![]()


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